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25 - Noviembre - 2024
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Hace 50 años, en un árido rincón de Etiopía, un grupo de paleontólogos liderado por Donald Johanson realizó un hallazgo que cambiaría nuestra comprensión sobre los orígenes humanos. Allí, entre el polvo y las rocas del valle del río Awash, surgieron los fragmentos de un esqueleto que pertenecía a una especie hasta entonces desconocida: Australopithecus afarensis. Johanson y su equipo la bautizaron "Lucy", inspirados por la canción de los Beatles Lucy in the Sky with Diamonds, que sonaba durante su celebración. Lucy, que vivió hace unos 3,2 millones de años, significaba mucho más que una clave para desentrañar los misterios de la evolución humana: era también un ejemplo de cómo la ciencia se desarrolla con lo que tiene a mano. En 1974, sus restos fueron descubiertos y estudiados con herramientas rudimentarias pero efectivas, como cinceles y cepillos. Hoy, medio siglo después, el estudio de fósiles como los de Lucy se apoya en tecnologías mucho más avanzadas: escaneos 3D, análisis por microtomografía computarizada, estudios de isótopos y más.

El 24 de noviembre de 1974 fue un día extraordinario para la paleoantropología. Johanson y su equipo localizaron cerca del 40% del esqueleto de Lucy, un hallazgo sin precedentes. El trabajo fue arduo: horas bajo el sol desenterrando cuidadosamente cada fragmento óseo, armados con cinceles, martillos y una paciencia infinita. En aquel entonces, el análisis de Lucy dependió de herramientas básicas y de la destreza manual de los investigadores. Para estudiar sus huesos, se realizaron mediciones físicas con calibradores y reglas. Los investigadores compararon sus proporciones con las de otros homínidos conocidos, tomando notas y dibujando esquemas detallados. La tecnología disponible no permitía mucho más. Sin embargo, con esos métodos rudimentarios, lograron deducir que Lucy caminaba erguida, un descubrimiento revolucionario que colocó a Australopithecus afarensis en la narrativa de la evolución humana. Las herramientas físicas y los registros escritos eran la columna vertebral de la paleoantropología de los años 70. Cada hueso recuperado era un tesoro invaluable que debía ser tratado con extremo cuidado, ya que una vez extraído y manipulado, el fósil podía sufrir daños irreparables.

Donald Jonhanson muestra el esqueleto de Lucy tras su descubrimiento hace 50 años.

Hoy en día, si Lucy fuera descubierta de nuevo, su estudio sería radicalmente diferente. Las herramientas modernas permiten explorar los fósiles sin siquiera tocarlos. El escaneo 3D, por ejemplo, crea réplicas digitales detalladas que pueden ser analizadas, compartidas y estudiadas por equipos de científicos en todo el mundo sin exponer el fósil original a riesgos. Así, la microtomografía computarizada (micro-CT) utiliza rayos X para generar imágenes en alta resolución del interior de los huesos. En el caso de Lucy, podríamos analizar la estructura microscópica de su esqueleto, identificando patrones de crecimiento, lesiones o incluso enfermedades que no son visibles a simple vista.

Por su parte, con el estudio de isótopos es posible analizar los isótopos químicos presentes en los huesos y dientes, los científicos pueden reconstruir la dieta y los hábitos de vida de Lucy. ¿Qué comía? ¿Vivía en un entorno predominantemente boscoso o en la sabana? Estas preguntas pueden responderse con una precisión que hace 50 años era inimaginable. Además, las tecnologías de simulación digital, como el moldeado biomecánico, permiten recrear cómo Lucy caminaba, corría e incluso trepaba árboles. Al estudiar su locomoción, los investigadores pueden entender mejor cómo se desplazaban nuestros ancestros y qué adaptaciones físicas permitieron el desarrollo del bipedalismo. Gracias a los avances en el almacenamiento de datos, toda esta información puede ser compartida y preservada en bases de datos accesibles a científicos de todo el mundo, democratizando el acceso al conocimiento y permitiendo colaboraciones globales.

Modelos creados a partir del escáner dimensional de las huellas de los homínidos de Laetoli en comparación con huellas modernas. Esta técnica permite decifrar cómo era el desplazamiento de los restos encontrados.

Pero el contraste entre el cincel y el escaneo 3D no solo refleja el avance tecnológico, sino también la evolución de la ciencia como una empresa global, colaborativa y multidisciplinaria. En 1974, Lucy era una figura casi mística que emergía del polvo para sus descubridores. Hoy, es una mensajera cuyos secretos podemos desentrañar con precisión y respeto. Este progreso también nos recuerda algo importante: aunque la tecnología haya transformado la forma en que hacemos ciencia, la curiosidad y el ingenio humano siguen siendo el motor que impulsa estos descubrimientos. En el futuro, quizás las tecnologías que ahora consideramos revolucionarias serán vistas como rudimentarias. Pero el legado de Lucy, y el impacto que tuvo en nuestra comprensión de quiénes somos y de dónde venimos, seguirá siendo tan poderoso como hace medio siglo.

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