En 2025 se cumpliran 130 años desde que fuese
arrestado y encarcelado, el 25 de mayo de 1895. La historia
de Oscar Wilde bien nos sirve para recordar cómo ha evolucionado
la sociedad desde esa época. El autor de “El retrato de Dorian
Gray” y “La importancia de llamarse Ernesto” pasó dos años
de su vida en la cárcel, entre 1895 y 1897, por ser homosexual,
textualmente por “cometer acctos de grosera indecencia con
otros varones”, años en los que aprovechó para escribir “De
profundis”.
En esa carta, publicada de manera póstuma bien
sea por el revuelo que provocaba su figura entre las clases
pudientes británicas, bien por respeto de sus editores, el
escritor daba rienda suelta a todo lo que se le pasaba por
la cabeza mientras pernoctaba en la cárcel de Reading Gaol.
Entendida como una petición de clemencia a sus carceleros,
“De profundis” es también el resultado del fin de las labores
forzadas a las que se veían sometidos los prisioneros de la
época y que solo abandonaban cuando estaban a punto de salir
de su encierro.

Tras dos años en los que empeoró gravemente
su salud, cabe preguntarse cómo un escritor famoso por soliviantar
las bajas pasiones de las clases altas pudo acabar en la cárcel.
Para encontrar la respuesta, no hay que irse más lejos que
al análisis de la homofobia contextual a su época. No se trata
de revisionismo, simplemente hay que ir a la ley inglesa del
momento que castigaba cualquier tipo de “sodomía” con trabajos
forzados.
Así, cuando en 1895 Wilde fue acusado por el
Marqués de Queensberry de “practicar la homosexualidad” tras
verle en un club privado en compañía de su amigo (y probablemente
pareja) Alfred Douglas, el escritor quiso elevar el pleito
hasta lo legal, invocando la Ley de Difamación pública promulgada
en 1834. De este modo, Wilde quería probar no solo que él
no era homosexual, si no que el propio marqués había contratado
varios acompañantes masculinos para sí mismo. Después de una
serie de juicios que le dejaron en la bancarrota, los abogados
del escritor le aconsejaron dejar la causa.

Fotografía de 1882, tomada por Napoleon Sarony.
No fueron pocos los que intentaron avisar a
Wilde de que debía haberse limitado a obviar las acusaciones
del marqués, pero el escritor entendía aquella batalla legal
por “sodomita” como un juicio a su propio legado y obra que,
de declararle culpable, podían quedar manchados. Poco sabía
entonces de su poso histórico en la literatura universal.
Peores noticias llegaron apenas unos meses más tarde, cuando
fue el propio Wilde el acusado de practicar la sodomía por
parte del periodista canadiense Robbie Ross, que le acusaba
de haber pasado la noche con un hombre en el hotel Cardogan.
Bajo el artículo 11 de la Ley de Reforma Criminal de 1885,
Wilde fue detenido y se declaró “no culpable”, lo que no evitó
que en el juicio se hicieran alusiones a determinados pasajes
de sus obras que bien podían leerse como pasajes sobre la
homosexualidad.
El 25 de mayo de 1895 y tras un inusitado proceso
judicial, extremadamente rápido para los tiempos de la época,
Wilde fue sentenciado a dos años de trabajos forzados. Con
esto, no fue hasta 2016, 121 años después de su encarcelamiento,
cuando por fin el gobierno británico indultó a todas aquellas
personas, incluido Wilde, que fueron arrestadas por su inclinación
sexual a lo largo de la historia.
La promulgación de la llamada «Ley Alan Turing»,
una enmienda a la Ley de Vigilancia y Policía, supuso el perdón
póstumo a los homosexuales ya fallecidos y un perdón automático
a los vivos que hubieran sido condenados por ello, suprimiendo
estos antecedentes de sus expedientes.

Alan Turing nos salvó el pellejo. Le
dieron boleta por sus preferencias sexuales.
Fueron 50.000 homosexuales, entre ellos uno
de los grandes escritores de la la literatura inglesa, Óscar
Wilde, condenado a 2 años de trabajos forzados en 1895 por
cometer delitos de «indecencia grave», el término legal que
se utilizaba para describir la sodomía. Dicha reforma llevó
el nombre de Alan Turing, padre de la moderna informática
y el hombre que «crackeó» el código Enigma, que utilizaban
los nazis para comunicarse durante la Segunda Guerra Mundial
y cuya contribución fue decisiva para la victoria. Turing
fue condenado en 1952 por un delito de «indecencia grave».
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Fama, nobleza, sexo, diálogos ingeniosos, respuestas
chispeantes, intriga política, literatura, giros sorprendentes
y cuestiones importantes sobre arte y moralidad, se dieron
cita entre los muros del edificio – coronado por la estatua
de bronce de la Dama de la Justicia,- ante las pelucas de
crin de caballo y las togas de seda. No es pues extraño que
estos procesos continúen fascinando más de cien años después
de la muerte de uno de los mejores autores y dramaturgos del
mundo, autor de obras como El retrato de Dorian Gray, El abanico
de Lady Windermere, Salomé, La importancia de llamarse Ernesto,
y en un registro mucho más oscuro, De profundis y La Balada
de la cárcel de Reading. ¿Por qué un literato famoso acabó
realizando trabajos forzados en la cárcel? Porque la homosexualidad
estuvo penada en Gran Bretaña hasta que la ley de delitos
sexuales (Sexual Offences Act 1967) despenalizó las prácticas
consentidas entre mayores de edad y en privado, aunque manteniendo
prohibiciones respecto a la sodomía y la indecencia hasta
que el 1 de mayo de 2004 entró en vigor la Sexual Offences
Act 2003, en la que se eliminaban todas las especificaciones
relativas a la homosexualidad de la ley de 1967.

Se anulaba la especificación de estricta privacidad,
dejándose de establecer diferencias de orientación sexual
de los participantes en cualquier práctica. Los hechos que
llevaron a Oscar Wilde al Old Bailey, los juzgados londinenses,
comenzaron cuatro años antes de los juicios, en el verano
de 1891, cuando el escritor, que entonces tenía 38 años, conoció
a un prometedor poeta de 22 llamado lord Alfred Douglas («Bosie»).
Los dos se hicieron íntimos. Douglas se complació en el interés
que Wilde, una figura literaria importante del momento, mostraba
por él. El joven le llamaba «el amigo más caballeroso del
mundo».
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El retrato de Dorian Gray es una gran obra universal
del siglo XIX, creada por Oscar Wilde, fue llevada al cine
por la industria norteamericana en el año 1945. Dirigida por
Albert Lewin y protagonizada por Hurd Hatfield (Dorian Gray),
Gorge Sanders, (Lord Henry Wotton), Lowell Gilmore (Basil
Hallward) y Angela Lansburry, (Sibyl Vane).
Se puede pensar que “El retrato de Dorian Gray”
de ese año, es una película totalmente hecha en blanco y negro,
pero hay planos en el que el director Albert Lewin introduce
magistralmente el color. Justo el momento, en el que el cuadro
está terminado y se presenta por primera vez al público, la
imagen cambia a color, siendo imperceptible por la audiencia.
En ese instante el retrato adquiere mayor importancia, causando
un efecto psicológico de gran impacto al público. Por otro
lado, se da igual transición cuando se muestra por primera
vez en estado decadente y demacrado, encarnando los estigmas
de corrupción y las acciones criminales de Dorian Gray. Esto
último, valió para Harry Stradling, el Óscar a la Mejor Fotografía.
En ese contexto, Wilde busca la crítica hacia
la sociedad victoriana, al enfrentarla por los prejuicios
que esta imponía a quienes manifestaban ser homosexuales,
tal y como lo hacía Oscar Wilde, siendo un delito grave que
involucraba la cárcel. A pesar de su homosexualidad, logra
captar la atención del público británico, al exponer en "Dorian
Gray", la vanidad, la frialdad, la locura y la enajenación,
entre otros temas, a los que sucumbían la sociedad.

La Liga de los hombres extraordinarios. Stuart
Townsend como Dorian Gray.
Tras 64 años de la primera versión (1945), se
reedita para el 2009 una nueva adaptación para el cine, titulada
“Dorian Gray” siendo un fracaso gigantesco. La versión, recibió
críticas extremas de los especialistas y de los lectores de
la obra de Oscar Wilde. Estas críticas, vinieron de quienes
consideraron que el guion, el primero para Toby Finlay, y
considerado un excelente escritor, tomó el camino equivocado
al violentar la esencia de la novela.
Dorian Gray aparece como personaje a su vez
en La Liga de los Hombres Extraordinarios. Una colección de
cómics creada por Alan Moore y Kevin O'Neill que comenzó en
1999 y duró hasta 2018. La serie es conocida por estar fuertemente
inspirada en personajes literarios. Presenta a celebridades
de novelas como Drácula, Veinte mil leguas de viaje submarino
y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Gran parte de
su inspiración también parece provenir del trabajo de H.G.
Wells, en forma de innovación científica y viajes en el tiempo.
Mientras que muchos de los personajes se basan en material
escrito durante la Era Victoriana, hay un par de adiciones
posteriores a la Liga que son bastante sorprendentes. Con
una adaptación a la gran pantalla.
La importancia de llamarse Ernesto, adaptada
en 1952 y 2002, es una película basada en la obra de teatro
homónima de Oscar Wilde.
Para 1889, Oscar Wilde inicia "El retrato de
Dorian Gray", y en 1890 envía a la revista Lippincott, un
manuscrito de 13 capítulos, y que luego de la revisión del
editor James Stoddart, este efectuaría tachaduras a ciertos
episodios incómodos para la sociedad. Stoddart se mostraría
preocupado por ciertas “relaciones homoeróticas" reflejadas
por Wilde en su libro, obligándose a la autocensura y a efectuar
cambios estructurales a su obra, que incluso lo llevaron a
crear una versión final de 20 capítulos y de nuevos personajes.
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Wilde por su parte vio en Douglas no sólo un
intelecto vivaz, sino un joven hermoso, un verdadero Adonis,
como se aprecia en las fotografías de la época. Wilde no ocultó
su interés. Douglas dijo posteriormente que «él continuamente
me estaba pidiendo que almorzáramos y me enviaba cartas, notas
y telegramas». También colmó a Douglas de regalos y le escribió
un soneto. Fueron juntos de viaje, se encontraron en casas
de amigos, y su relación se convirtió en un secreto a voces.

En ese momento, Wilde llevaba siete años casado
con Constance Lloyd, hija de un consejero de la Reina Victoria,
un matrimonio de conveniencia –sobre todo económica- que tenía
dos hijos. Wilde, como tantos otros, se veía obligado a simular
una vida satisfactoriamente “normal” para poder alcanzar sus
verdaderas expectativas sexuales.
Douglas se declaraba entusiasta admirador de
la novela de Wilde, El retrato de Dorian Gray. Era un joven
delgado, apuesto e impetuoso con una relación muy difícil
con su padre. Tuvo relaciones homosexuales con varios compañeros
en Oxford, lo que le llevó a sufrir chantaje en la primavera
de 1892. Era especialmente irresponsable con respecto al dinero,
a menudo insistiendo en que Wilde gastara grandes cantidades
en su persona. El padre de Lord Alfred, el octavo marqués
de Queensberry (1844-1900), estaba furioso por la relación
entre su hijo y Wilde, al que trató de desacreditar en varias
ocasiones, una de ellas durante el estreno de La importancia
de llamarse Ernesto.
John Sholto Douglas era un noble escocés arrogante,
malhumorado, excéntrico y tal vez incluso mentalmente desequilibrado,
muy conocido por desarrollar y promover las reglas para el
boxeo amateur, conocidas como las «reglas de Queensberry».

Sala de vistas del tribunal de Old Bailey, donde
tuvo lugar el juicio.
Los hechos se desencadenaron cuando el 18 de
febrero de 1895, el marqués dejó una tarjeta en el Club Albemarle,
dirigida «a Oscar Wilde que presume de sodomita». La actividad
homosexual era ilegal en Inglaterra, un tema tabú del que
no se hablaba abiertamente pues podía acarrear penas de cárcel.
A pesar de los consejos de sus amigos, familia y abogados
de ignorar la ofensiva nota, Oscar Wilde se empeñó en demandar
al padre de su amigo por difamación e injurias, aun sabiendo
que una declaración escrita no se considera libelo si lo que
en ella se contenía era cierto. El juicio de Queensberry comenzó
en el Tribunal Penal Central de Old Bailey el 3 de abril de
1895. Wilde, ataviado con un abrigo a la última moda, con
una flor en el ojal, charlaba distendidamente con su abogado
mientras el marqués, vestido de cazador, permanecía de pie
frente a él. Las ingeniosas respuestas de Wilde no evitaron
que su abogado, sir Edward Clarke, le aconsejara retirarse.
El letrado esperaba según reveló más tarde, que su defendido
escapara del país. Wilde tuvo varias horas para huir pero
se quedó a pesar de los consejos de sus amigos. La argumentación
de Queensberry obligó a las autoridades a reconocer la culpa
implícita de Wilde, que perdió la demanda contra lord Alfred
Douglas.
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Dublín, capital de la República de Irlanda,
se encuentra en la costa este de Irlanda en la desembocadura
del río Liffey. Sus edificios históricos incluyen el Castillo
de Dublín, que data del siglo XIII, y la imponente Catedral
de San Patricio, construida en 1191. Los parques con atractivos
paisajes de la ciudad incluyen el parque St Stephen's Green
y el enorme Parque Fénix, que alberga el Zoológico de Dublín.
El Museo Nacional de Irlanda explora la cultura y el patrimonio
de Irlanda.
Oscar Wilde fue el segundo de los tres hijos
de dos destacados miembros de la sociedad angloirlandesa de
Dublín. Esto sería esencial en su carrera y obra, como señaló
un escritor contemporáneo suyo:
No debe olvidarse que, a pesar de que por cultura
Wilde era un ciudadano de todas las capitales civilizadas,
de raíz era un irlandés muy irlandés y, como tal, un extranjero
en todas partes menos en Irlanda.
George Bernard Shaw.
Uno de los más grandes dramaturgos de la época
victoriana tardía de Londres y un excelente escritor de relatos
y cuentos, además de haber practicado incursiones en la poesía
y el ensayo.
Su padre, sir William Wilde, era el más importante
cirujano especialista en otología y oftalmología de Irlanda,
además de ser un notable arqueólogo y estadístico. La madre
de Oscar, Jane Frances Agnes Elgee, era poetisa. Escribía
para los revolucionarios jóvenes irlandeses y era conocida
partidaria del nacionalismo irlandés. Escribió utilizando
el seudónimo de Speranza («Esperanza» en italiano). Su hermano
mayor, Willie Wilde (1852-1899) sería más tarde un destacado
periodista para Punch y Vanity Fair, además de editorialista
para The Daily Telegraph. Su hermana menor, Isola Francesca
(1857-1867), murió de meningitis a los nueve años. Wilde le
dedicaría su poema «Requiescat», escrito en 1875 y publicado
en su primera antología, Poems (1881).
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El segundo juicio, este por lo penal contra
Wilde por «indecencia grave», y con tribunal del jurado, comenzó
el 26 de abril del mismo año. Clarke representó de nuevo a
Wilde, esta vez sin recibir honorario alguno. La parte más
dramática del juicio incluyó un poema escrito por Douglas
y titulado «Dos amores”. El cuarto día de prueba, Wilde subió
al estrado. Su arrogancia durante el primer juicio había desaparecido.
Respondió a las preguntas en voz baja, negando todas las acusaciones
de comportamiento indecente. El momento más memorable del
juicio fue la respuesta de Wilde a una pregunta sobre el significado
de una frase del poema de Lord Alfred Douglas. El fiscal Charles
Gill preguntó: «¿Qué es ‘el amor que no se atreve a pronunciar
su nombre’?». La respuesta de Wilde fue de tal elocuencia
que provocó un fuerte aplauso y algunos abucheos. El autor
aludió a Miguel Ángel y Shakespeare, entre otros, como hombres
mayores que tenían «afecto profundo y espiritual» por hombres
más jóvenes en «la más noble forma de afecto». «El amor que
no se atreve a pronunciar su nombre en este siglo es un gran
afecto, el de un anciano por un hombre más joven, como existió
entre David y Jonatán, como Platón hizo la base misma de su
filosofía, y tal como se encuentra en los sonetos de Miguel
Ángel y Shakespeare. Es ese afecto profundo y espiritual que
es tan puro como perfecto (…) Es hermoso, está bien, es la
forma más noble de afecto. No hay nada antinatural al respecto.
Es intelectual, y existe repetidamente entre un anciano y
un hombre más joven, cuando el anciano tiene intelecto, y
el joven tiene toda la alegría de la vida ante él”, dijo Wilde.
El discurso probablemente influyó en la incapacidad del jurado
para acordar un veredicto unánime y terminó en lo que en inglés
se denomina como un «hung jury», jurado colgado. Había que
volver a repetir el juicio con otro jurado diferente.

El juicio apareció en gran medida en Illustrated
Police News, un tabloide semanal publicado entre 1864 y 1938
que se especializó en descripciones melodramáticas y sensacionalistas
de historias de crímenes de la vida real. La ilustración de
la portada de este número muestra el desprecio con el que
ahora muchos tenían a Wilde: la mafia lo 'abuchea' cuando
su carruaje llega a Bow St; otros dibujos lo muestran como
'enfermo en prisión' y sombrío en el banquillo.
El tercer juicio se inició el 22 de mayo. Una
vez más, sus amigos le rogaron que huyera del país, pero él
escribió a Lord Alfred Douglas que «no quería que le llamaran
cobarde o desertor «. La acusación se benefició del fallido
juicio anterior y ganó este proceso. Wilde fue declarado culpable
de comportamiento indecente con los hombres, por cometer actos
de “indecencia grave y sodomía”, un cargo menor pero por el
cual recibió la pena máxima en virtud de la Ley de Enmienda
a la Ley Penal: dos años de trabajos forzados, que cumplió
entre 1895 a 1897. Durante este último año escribió De Profundis
(publicado póstumamente en 1905), una larga carta que describe
su viaje espiritual a través de sus juicios, en un oscuro
contrapunto a su anterior filosofía del placer. Salió de la
cárcel derrotado y en bancarrota, pero no amargado. Le dijo
a un amigo que «había ganado mucho» en prisión y que estaba
«avergonzado de haber llevado una vida indigna de un artista».
En su larga carta a Douglas desde la prisión, De Profundis,
Wilde dice: «Me convertí en un derrochador de mi genio y desperdiciar
una juventud eterna me produjo una alegría curiosa». Y añadió:
«Todos los juicios son juicios a la propia la vida, al igual
que todas las sentencias son sentencias de muerte y tres veces
he sido juzgado. La primera vez dejé el banquillo arrestado,
la segunda vez me llevaron detenido y la tercera vez fui a
la cárcel durante dos años. «La sociedad, tal como la hemos
instituido, no tiene sitio para mí, no tiene nada que ofrecer;
pero la Naturaleza, cuya dulce lluvia cae sobre justos e injustos
por igual, socavará grietas en las rocas donde pueda esconderme
y valles secretos en cuyo silencio pueda llorar tranquilo.
Ella se rodeará de estrellas para que yo pueda caminar en
la oscuridad sin tropezar y enviará vientos para barrer mis
huellas y que nadie pueda seguir mi dolor: Me limpiará con
sus inmensas aguas y con hierbas amargas me curará».

La condena de Wilde -que buscaba ser ejemplar-
tuvo una gran repercusión y generó un recrudecimiento de la
intolerancia sexual y de la persecución a los homosexuales
en toda Europa. Estos juicios, traducidos a varios idiomas,
se consideran paradigmáticos en el surgimiento de la prensa
amarilla en relación a los procesos judiciales (medios nacionales
e internacionales siguieron minuto a minuto lo que ocurría
en Old Bailey) y uno de los antecedentes más dramáticos en
la historia del movimiento gay. Tras su liberación Oscar Wilde
partió de inmediato hacia el extranjero, para nunca regresar
a Inglaterra o a Irlanda, su tierra natal -entonces formaba
parte del Reino Unido-. Durante esos años escribió su último
trabajo, La balada de la cárcel de Reading (1898), un largo
poema sobre la dura realidad de la vida en prisión. Murió
en la indigencia el 30 de noviembre de 1900 en París, a la
edad de 46 años.
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Oscar WIlde llegó en enero de 1882 a Nueva York,
ciudad donde iba a iniciar una larga gira de conferencias
sobre estética por Estados Unidos. Tenía 37 años, y arrastraba
tras de sí una gran reputación. Nada más pisar Manhattan,
el escritor irlandés se olvidó de agendas, programas y etiquetas
y se dirigió a la verdadera razón que le había llevado a cruzar
el Atlántico y pasar unas pesadas tres semanas a bordo de
un barco, conocer al poeta Walt Whitman. El autor de “Hojas
de hierba” era una de esas raras personas que despertaban
en Wilde una abrumadora admiración y ansiaba conocer a un
poeta que había escrito cosas como:
“Nosotros, buenos muchachos, abrazándonos sin
jamás abandonarnos el uno al otro, recorriendo nuestros caminos
de extremo a extremo, de Norte a Sur, gozando del vigor, ensanchando
los codos, apretando los puños, armados y sin miedo, comiendo,
bebiendo, durmiendo, amando, no admitiendo otra ley que la
de nosotros mismos”.
Wilde leía desde los once años al poeta del
yo acompañado por su madre y era su mayor influencia. Su madre,
Speranza, solía leerle en voz alta pasajes de una de las únicas
copias que habían llegado sin adulterar de los poemas de Whitman.
En Inglaterra, la censura había reducido al absurdo mucho
de los pasajes de “Hojas de hierba”, hasta el punto que el
bardo norteamericano había dicho “odio el norrible desmembramiento
que han hecho de mi libro”. “Dante Rosseti, Swinburne, William
Morris y yo hablamos de él todo el rato”, aseguraba Wilde
por su parte. En ese momento, Whitman residía en una viejo
caserón semi retirado del mundo en la ciudad de Candem, en
el estado de Nueva Jersey, que tenía cruzando el río Delaware
a la ciudad de Filadelfia. Wilde tenía que hacer allí una
lectura el día 17 de enero, así que todo parecía propiciar
el encuentro. El editor del autor de “El diario de Dorian
Grey” le escribió el 11 de enero una misiva a Whitman para
intentar conseguir el ansiado encuentro:
“Oscar Wilde me ha expresado el imperioso deseo
de conocerle personalmente. Comerá conmigo el sábado, con
lo que sería una delicia que pudiera acompañarnos”.

Walter «Walt» Whitman fue un poeta, enfermero
voluntario, ensayista, periodista y humanista estadounidense.
Su trabajo se inscribe en la transición entre el trascendentalismo
y el realismo filosófico, incorporando ambos movimientos a
su obra.
El poeta de “Canto a mí mismo” no pudo más que
rechazar la invitación, ya que en esa época no quería abandonar
su casa, atravesar el río Delaware, y llegar a Filadelfia
e ir a casa del editor, así que se disculpó por carta, dejando
abierta la posibilidad de que Wilde pudiese visitarle en su
propia casa. La respuesta de Wilde fue inmediata y ese mismo
día Whitman escribía otra carta confirmando que acogería con
honor al autor de “El abanico de Lady Windermere” en su casa.
El 18 de enero, Stoddart y Wilde cogían un ferry
en Filadelfia para visitar al poeta. Wilde estaba excitado
como un niño, según recordaba su editor. Llegaron a la casa
de poeta a media mañana y Stoddart dejó solos a los dos escritores
durante poco más de dos horas. Esto es lo que explicó el escritor
inglés al diario “The Boston Globe” el 29 de enero:
“Tuve el día más fabuloso y encantador que haya
pasado nunca en América con él. Es el hombre más grande que
haya visto nunca. La más simple, natural y fuerte personalidad
que haya conocido nunca. Siento que es uno de esos maravillosos
y completos hombres que haya vivido nunca en la Tierra. Fuerte,
verdadero y perfectamente sano, lo que más se ha aproximado
a la Grecia clásica en esta era moderna."

Filadelfia, cuna de los Estados Unidos.
El propio Whitman escribió a Stoddard dos días
después para agradecerle la visita y contar lo que le había
parecido WIlde, preguntándole ansioso si había tenido más
noticias de él o si éste le había explicado algo de su encuentro:
“Pasamos una tarde fascinante. Es un buen joven, alto y atractivo.
Tuvo un gran sentido común al mostrarse tan elegante conmigo”.
Mucho se ha especulado con lo que ocurrió en aquellas dos
horas en que dos grandes poetas pasaron juntos y se dejaron
deslumbrar mutuamente. Como escribe Neil McKenna en el libro
“La vida secreta de Oscar Wilde”, el encuentro no fue en ningún
momento frío y encorsetado, típico de dos hombres que se acaban
de conocer:
“Oscar se presentó con humildad ante Whitman,
saludándole con estas palabras: “Vengo a usted como uno que
lo conoce prácticamente desde la cuna”. Wilde era un hombre
joven, elegante y amanerado. Whitman, al contrario, era un
hombre que ya había pasado los 60, tenía su característica
barba blanca, y era fuerte y robusto”.
Lo que sí se sabe es que Whitman abrió una botella
de vino y al acabar, según manifestó Wilde, le ofreció enseñarle
la casa y subir a las habitaciones del segundo piso. Las especulaciones
se acaban aquí. Lo único cierto es que Wilde confesaría a
a su regreso a Inglaterra: “Una de las primeras cosas que
le dije es que le llamaría Oscar”, explicó Whitman a un periodista,
“Me encantará, me dijo, y puso su mano en mi rodilla. Me pareció
un esplendido gran chico”, continuó. Hablaron de poesía, por
supuesto, de Tennyson, de Browning, y de problemas que Whitman
estaba intentando superar en su propia obra. “Vosotros, jóvenes,
que estáis intentando hacer para apartar los ídolos establecidos
a un lado”, le preguntó Whitman. Al regresar a Inglaterra,
Wilde contó a su amigo George Cecil Ives: “Aún tengo los besos
de Walt Whitman en mis labios”. Este día internacional de
la lucha contra la homofobia está bien recordar el día en
que dos icónicos escritores como Wilde y Whitman pasaron una
tarde para la historia:
“Nosotros, dos buenos muchachos... navegando,
fanfarroneando, robando, amenazando, alarmando a los avaros,
villanos y sacerdotes, respirando el aire, bebiendo el agua,
danzando sobre la hierba o sobre la arena en las playas, perturbando
las ciudades, despreciando las buenas costumbres, burlándonos
de las constituciones, persiguiendo la apatía, llevando al
éxito nuestra aventura”.
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