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Año 1989. Martin Scorsese se encuentra en Japón, a bordo de un
tren bala. El famoso cineasta va a interpretar un pequeño papel,
nada menos que el pintor Vincent Van Gogh, en la película “Los sueños
de Akira Kurosawa”, de Akira Kurosawa.
Entre sus manos sostiene un libro. Se titula “Silencio”, y su autor
es Shusaku Endo. Le fascina lo que lee, se identifica con el estado
anímico del protagonista, y es que el cineasta ha quedado roto tras
su polémico acercamiento a la figura de Jesús el año anterior en
La última tentación de Cristo. La historia de los misioneros jesuitas
en el Japón del siglo XVII, y la dura prueba que supone para el
protagonisa el chantaje del asesinato de los conversos si no apostata,
cala hondo en Martin Scorsese. Pero va a pasar más de un cuarto
de siglo hasta que convierta esa historia en una película, Silencio.
¿Pero quién es el escritor que ha logrado tocar de esta manera
el alma artística de Martin Scorsese? Shusaku Endo (1923-1996) es
unos de los autores japoneses más célebres del siglo XX, y su nombre
sonó con frecuencia para el Nobel de Literatura. Su escritura es
fascinante, emotiva y profunda, atrapan sus interrogantes acerca
de las grandes cuestiones que ocupan al ser humano. Él sufrió los
rigores de un hogar roto, y se quedó a vivir con su madre, que se
convirtió al catolicismo, el mismo camino que siguió su hijo, que
entonces contaba 12 años. Desde entonces el tema de la fe formó
parte integral de su vida, lo que plasmó de un modo u otro en sus
novelas, a veces directamente, otras de fondo. Su planteamiento
existencialista, donde no se escamotean las “noches oscuras” que
toca atravesar con frecuencia a los creyentes, le valió la definición
habitual de “Graham Greene oriental”.

En su novela “Escándalo”, de 1986, hay una suerte de mirada autobiográfica,
el protagonista Suguro le sirve para enfrentarse a la imagen que
los críticos y gran parte del público tienen acerca de Endo, y a
sus personales oscuridades como escritor converso, por el paso que
dio antes su madre, que le llevó a sumergirse en una fe que era
ajena a las personas que tenía alrededor, y que él tuvo que asumir
durante la siempre conflictiva etapa de la adolescencia.
Este libro arranca con la concesión a Suguro de un importante premio
literario, y su amigo y colega Kano debe hacer su elogio ante un
numeroso público. La descripción de Suguro bien podría trasladarse
a Endo: “La desdicha de Suguro es que debe describir a su Dios,
un ser escurridizo para nosotros los japoneses, como si pudiera
ser entendido en un marco cultural japonés. Ésta fue la razón de
que al principio nadie le prestara atención.” (…) “Publicó varias
novelas históricas sobre los primeros cristianos en Japón, en las
que describía a unos patéticos creyentes que eran obligados a apostatar
por unos brutales funcionarios imperiales.” (…) “Ha adoptado como
tema central de su literatura el modo de poner su religión en armonía
con el entorno japonés.” (…) “Nunca ha sacrificado su literatura
en favor de su religión. Jamás ha relegado su arte al papel de instrumento
de una fe que jamás podría aceptar una persona como yo.” (…) “La
singularidad de la literatura de Suguro se basa en el descubrimiento
de un nuevo sentido y un nuevo valor para lo que la religión denomina
pecado.” (…) “Tras cada acto pecaminoso se oculta un anhelo de renacimiento.”
Toda la peripecia personal de Endo forma parte de algún modo de
su obra literaria. Así, sus estudios de medicina en la Universidad
Waseda y sus períodos hospitalarios por enfermedad están bien presentes
en sus novelas “Cuando silbo” y “El mar y veneno”, donde convive
un ejercicio de la profesión médica que se preocupa de las personas,
junto a otro que orilla las consideraciones éticas, con experimentos
no concordes con la dignidad humana, una cierta deshumanización
en el trato al paciente o la pura ambición de escalar puestos socialmente.
También está presente la experiencia de la guerra, y la ingenuidad
y el encanto de una etapa escolar que puede hacerse irrepetible
para las endurecidas nuevas generaciones. La literatura de Endo,
aparte de por Greene, también está influida por escritores católicos
franceses como Georges Bernanos, y de hecho tuvo un periodo formativo
en la Universidad de Lyon.

El interés por los orígenes del cristianismo en Japón se plasmó
en dos novelas fundamentales, “Silencio” y “El samurái”. La primera,
ganadora del premio Tanikazi, describe los esfuerzos en el siglo
XVII de dos jóvenes jesuitas por dar con su mentor, el padre Ferreira,
del que existen fundados rumores de que ha apostatado en medio de
la cruel persecución promovida por las autoridades. Con trasfondo
histórico, es una trama ficticia que invita a la reflexión sobre
el precio que supone mantener y difundir la fe, y la tentación de
querer ocupar el lugar de Jesús, Dios hecho hombre. La otra, aunque
con elementos de ficción, se basa en hechos reales, los intentos
de establecer relaciones comerciales entre Japón y Nueva España,
que lleva al envío de una embajada de rango medio incluso a España
y el Vaticano. El protagonista, el samurái del título, se ve presionado
para convertirse como modo de asegurar el éxito de su misión, y
curiosamente su acercamiento auténtico al cristianismo, esa figura
repetida de un hombre miserable en una cruz le produce rechazo allá
adonde va, con la que se topa una y otra vez, se produce de un modo
imprevisto, providencia ordinaria, no como lo ha planificado el
ambicioso franciscano que le guía, y que aspira a convertirse en
obispo de Japón.
Al final, la obra de Endo bien podría describirse con las palabras
que usaba otro ilustre converso, Evelyn Waugh, al referirse a una
de sus novelas: “la acción de la gracia sobre unos personajes”.
No extraña que Scorsese, criado en un ambiente italoamericano de
tradición católica, pero agitado por la violencia contemplada en
su barrio neoyorquino de Queens, y el ambiente artístico en que
se desenvuelve, se haya visto atraido por la trayectoria de Endo
y de los jesuitas de su novela, buscarse a sí mismo y hacerse entender
a través de una obra artística personal tiene un precio, satisface
y desgasta, todo va unido.
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