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El término literatura fantástica alude a un género narrativo basado
sobre todo en los elementos de fantasía, dentro del cual se pueden
agrupar varios subgéneros, entre los que están la literatura de
terror, ciencia ficción o la literatura gótica. El término es enormemente
confuso, debido a la divergencia de criterios respecto a su aplicación.
Se conoce como literatura fantástica a cualquier relato en que participan
fenómenos sobrenaturales y extraordinarios, como la magia o la intervención
de criaturas inexistentes. Esta definición resulta ineficaz, debido
a que los elementos sobrenaturales están presentes en todos los
relatos mitológicos y religiosos y su presencia tiene un carácter
muy distinto del que posee en la civilización actual.
Guy de Maupassant (1850-1893) realizó una suerte de esbozo de lo
que luego sería la definición de Todorov. Maupassant distinguió
lo fantástico de otras dos formas parecidas que son lo maravilloso
y lo insólito, definiendo más bien las propiedades del primero por
oposición al fantástico que las del segundo. La diferencia radicaría
en que el cuento de hadas(prototipo de lo maravilloso para el escritor)
permite racionalizar los elementos sobrenaturales mientras que el
verdadero fantástico permanece en una zona de ambivalencia entre
respuestas netamente racionales y respuestas sobrenaturales explicadas
al lector. Maupassant también insistió en la importancia del temor
en la identificación del relato fantástico, miedo que deviene de
la inseguridad a la que es arrastrado el lector. Todorov, por el
contrario considera que «El temor se relaciona a menudo con lo fantástico,
pero no es una condición necesaria de su existencia».

Mary Shelley, autora de Frankenstein.
En la ya clásica Introducción a la literatura fantástica, Tzvetan
Todorov definió lo fantástico como un momento de duda de un personaje
de ficción y del lector implícito de un texto, compartido empáticamente.
Los límites de la ficción fantástica estarían marcados, entonces,
por el amplio espacio de lo maravilloso, en donde se descarta el
funcionamiento racional del mundo y lo "extraño" o el "fantástico
explicado", en el que los elementos perturbadores son reducidos
a meros eventos infrecuentes pero explicables. Contra la definición
amplia de lo fantástico, esta definición presenta la debilidad de
ser demasiado restrictiva. Se han propuesto diferentes reformulaciones
teóricas que intentan rescatar el núcleo de esta definición con
diversas salvedades.
Otra definición posible con criterios históricos sostiene que la
literatura fantástica se define en el seno de una cultura laica,
que no atribuye un origen divino y por tanto sobrenatural a los
fenómenos conocidos, sino que persigue una explicación racional
y científica. En esta situación, el relato fantástico introduce
un elemento sobrenatural, discordante con el orden natural, que
produce inquietud en el lector. El elemento sobrenatural no solo
sorprende y atemoriza por ser desconocido, sino que abre una fisura
en todo el sistema epistemológico de su mundo, susceptible de dar
cabida a toda clase de sucesos insólitos y monstruosos. Por otro
lado, la crítica literaria argentina Ana María Barrenechea sostiene
que, la literatura fantástica ofrece acontecimientos que van de
lo cotidiano hasta lo anormal. Estos son presentados en forma problemática
para los personajes, para el narrador y para el lector. También
menciona la aparición de criaturas y elementos de fantasía y extraordinarios.
En ocasiones, este género nos ofrece un relato basado en hechos
insólitos que al analizarlos se escapan de la realidad, sin embargo,
más adelante de la historia, dichos sucesos tienen una explicación
lógica o científica, pero esto no siempre sucede y algunas veces
el relato concluye sin salirse de la irracionalidad. La literatura
fantástica, puede también presentarnos un objeto o personaje tomado
de la realidad, realizando acciones que en un entorno real serían
descabelladas o imposibles.

Dracula en una edición de 1919.
Para entender las variedades de los relatos de este género Tzvetan
Todorov nos aporta que la Literatura Fantástica puede situarse en
el límite de otros géneros, como pueden ser los siguientes:
Lo extraño puro, donde se relatan acontecimientos que pueden ser
explicados por medio de las leyes de la razón y son, de una manera
u otra, increíbles, extraordinarios, chocantes, singulares, inquietantes,
insólitos y provocan en el lector real y en el personaje una reacción
semejante a la inducida por el texto fantástico puro. La explicación
racional no parte directamente del texto, sino que el lector real,
por medio de indicios que este ofrece, la obtiene. La pura literatura
de horror pertenece a este género y se relaciona con lo fantástico
puro en el hecho de que posee descripciones que provocan horror,
temor o terror. Ejemplo: Los diez negritos de Agatha Christie.
Lo fantástico extraño, donde los acontecimientos que, a lo largo
del relato parecen sobrenaturales, reciben, finalmente, una explicación
racional. La explicación parte del mismo texto y no de suposiciones
deducidas por el lector a través de indicios. Ejemplo: Manuscrito
encontrado en Zaragoza de Jan Potocki.
Lo fantástico maravilloso, que es la clase de relato es el que
más se acerca a lo fantástico puro por el hecho de quedar inexplicado,
no racionalizado, nos sugiere en efecto la existencia de lo sobrenatural;
sin embargo, la presencia o ausencia de ciertos detalles permiten
siempre tomar una decisión. El hecho fantástico tiene resolución
por medio de otro hecho fantástico que en vez de resolver el misterio
lo que hace es complicar más lo inexplicable. Ejemplo: La muerta
enamorada de Théophile Gautier.
Lo maravilloso puro, en este caso, los elementos sobrenaturales
no provocan ninguna reacción particular en los personajes ni en
el lector implícito, pero sí en el lector real. Lo característico
de lo maravilloso no es una actitud hacia los acontecimientos relatados,
sino la naturaleza misma de esos acontecimientos. Se acostumbra
a relacionar el género de lo maravilloso con el cuento de hadas;
en realidad, el cuento de hadas no es más que una de las variedades
de lo maravilloso y los acontecimientos sobrenaturales no provocan
en él sorpresa alguna.

J. R. R. Tolkien en la decada de 1920.
Por su parte, Italo Calvino ha propuesto una subdivisión del género
fantástico en fantástico visionario, con elementos sobrenaturales
como fantasmas y monstruos (que incluye como subgéneros a la ciencia
ficción, el terror, o la narrativa gótica) y el fantástico mental
(o cotidiano), donde lo sobrenatural se realiza todo en la dimensión
interior (cabe pensar, por ejemplo, en La vuelta de tuerca de Henry
James, o a Marcovaldo del propio Calvino).
En sentido amplio puede hablarse de literatura fantástica o de
fantasía desde los comienzos del hombre, en que se recitaban versos
propiciatorios de carácter sagrado o épico, para pedir la benevolencia
de los dioses o celebrar las gestas de los guerreros. En la literatura
moderna se considera que comenzó con los cuentos de hadas y la fábula,
géneros nacidos para aumentar la fantasía de los adultos más que
la de los niños, aunque ahora se asocien más a la infancia. Las
obras El castillo de Otranto, escrita por Horace Walpole en 1764,
y El diablo enamorado, escrita por Jacques Cazotte en 1772, están
consideradas como las primeras novelas fantásticas. Algunos autores
románticos, como E.T.A. Hoffmann y Edgar Allan Poe, cultivaron el
género, otorgándoles a sus relatos fantásticos un cariz de terror
psicológico que habría de presagiar en cierto grado el descubrimiento
del inconsciente (Freud se inspira en un relato de Hoffmann para
su definición de lo siniestro) y la concepción contemporánea de
la mente como creadora de realidad, dotándola de elementos fantásticos.
Otros hitos en la historia de la literatura fantástica son Frankenstein
o el moderno Prometeo (Mary Shelley, 1818), Drácula (Bram Stoker,
1897) o El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde (R. L. Stevenson,
1886).

Arturo Uslar Pietri, quien acuñaría el término realismo mágico
para referirse a la "negación poética de la realidad", en la cuentística
venezolana de principios del siglo XX.
Nuestra bibliotecaria se adentra en el género ...
Durante la transición del siglo xix al siglo xx, el paradigma epistemológico
de Occidente sufre diversas sacudidas. Su inflexible orden racional
se ve sacudido desde todos los campos del saber: las ciencias humanas
(Marx), la filosofía (Nietzsche), la psicología (Freud) e incluso
la física (Einstein). La revolución que supone la relativización
de todo el conocimiento acumulado durante siglos es recogida desde
el arte dinamitando todos los presupuestos históricos, incluido
el propio concepto de realidad. De este modo, un suceso sobrenatural
ya no puede amenazar un orden inconsistente. Los escritores reaccionan
de dos maneras: regresando a la literatura mitológica (H.P. Lovecraft,
Lord Dunsany) o introduciendo el fenómeno sobrenatural ya no como
un inquietante misterio, sino como un elemento integrado con naturalidad
en el mundo. Así, La Metamorfosis de Kafka empieza presentándonos
a su protagonista como un insecto, sin que esto merezca ninguna
explicación por parte del narrador ni haga tambalear la visión del
mundo de ninguno de los personajes de la historia. Jorge Luis Borges
fotografiado por Eduardo Comesaña en 1971. El surgimiento de las
primeras vanguardias del siglo XX trae consigo un nuevo interés
en lo fantástico y en particular en dos corrientes narrativas y
estéticas: en primer lugar, aquella que se relaciona también con
lo que Arturo Uslar Pietri denominó realismo mágico y Alejo Carpentier
real maravilloso, que tiene que ver con un nuevo entendimiento de
la realidad indígena, negra y mestiza de América Latina, en el que
lo sobrenatural carece de elemento de asombro.
En esta época surgen tres obras precursoras del género: Leyendas
de Guatemala (1930) de Miguel Ángel Asturias, Las lanzas coloradas
(1931) de Uslar Pietri y ¡Ecué-Yamba-O! (1933) de Carpentier. Esta
estética fue denominador común de muchos de los escritores del boom
hispanoamericano como Gabriel García Márquez, Elena Garro o Carlos
Fuentes. Y en segundo lugar, una literatura fantástica más ligada
a lo raro, lo metaficcional, la ficción conceptual, la ciencia ficción
que comienza con autores como Pablo Palacio, Julio Garmendia (La
tienda de muñecos), Felisberto Hernández y posteriormente tendrá
como referentes a autores como Macedonio Fernández, Julio Córtazar
y por supuesto a Jorge Luis Borges con sus recopilaciones de cuentos
conectados por temas comunes, como los sueños, los laberintos, la
filosofía, las bibliotecas, los espejos, autores ficticios y mitología
europea.

Liliana Bodoc.
Por su parte, la literatura maravillosa ha creado un público y
un sector editorial especializado, gracias al gran éxito de (además
del mencionado Lovecraft) Robert E. Howard, J. R. R. Tolkien, C.
S. Lewis, J. K. Rowling, Ursula K. LeGuin, Terry Pratchett (quien
aborda el género desde la posmoderna perspectiva de la parodia y
la metaficción) o George R. R. Martin. Esta literatura se conoce
igualmente bajo el nombre de literatura fantástica, si bien, como
hemos explicado, esta definición es imprecisa.
En España, el género literatura fantástica es menos fuerte que
en Latinoamérica debido a factores sociológicos. En el siglo XIX,
España vivía en el antiguo régimen; a diferencia de otros países
europeos, el capitalismo aún no se desarrollaba plenamente, la clase
burguesa era una minoría y las editoriales no estaban consagradas
a este género. El grupo social dominante no tenía motivos para cambiar
su visión del mundo y abandonar el racionalismo. Entre los precursores
peninsulares de este género se encuentra Agustín Pérez-Zaragoza
Godínez que en 1831 publicó una colección de novelas góticas llamada
Galería fúnebre de espectros y sombras ensangrentadas, o sea el
historiador trágico de las catástrofes del linaje humano. Tanto
para Agustín como para sus contemporáneos, el terror debe ser algo
que provenga del tema y no de la estructura interna del texto. En
la segunda mitad del siglo xix se produce literatura inspirada en
el goticismo y los autores reciben influencia del realismo y naturalismo.
Algunas obras de este periodo son La Sombra (1870) de Benito Pérez
Galdós, El monte de las ánimas (1864) de Gustavo Adolfo Bécquer
o Vampiro (1901) de Emilia Pardo Bazán y Pedro Antonio de Alarcón
con El amigo de la muerte (1852) y su cuento La mujer alta (1881).

Algunos textos de la época realista y naturalista que figuran en
el modelo de Todorov son La muerte de Capeto (Memorias de un patriota)
de Vicente Blasco Ibáñez (1888) o La santa de Karnar de Emilia Pardo
Bazán (1891). La característica principal de estos textos es que
ante la incertidumbre responden con soluciones oníricas. En el siglo
xx surge un sentimiento de sensibilidad como respuesta a la profunda
crisis en la sociedad. Se rechaza a la razón y aumenta el interés
por el inconsciente, los sueños y la imaginación. La teoría de la
relatividad suscita una crisis en el mundo de las ciencias exactas.
Estos factores, provocan un cambio en la estructura de la literatura
fantástica. Una obra que caracteriza este periodo es Los caprichos
de Ramón Gómez de la Serna. Las primeras décadas del siglo xx están
marcadas por el realismo social pero, a partir de los años sesenta
gracias a la literatura de Latinoamérica y a la traducción de obras
como La metamorfosis de Kafka, el género fantástico sufre un nuevo
impulso. Algunas obras de este periodo son El Hotel del Cisne de
Pío Baroja e Industrias y andanzas de Alfanhuí de Rafael Sánchez
Ferlosio. Otro exponente de los años sesenta fue Alfonso Sastre
con Las noches lúgubres (1963) quien con su realismo crítico se
acercó a la literatura fantástica. Alfonso Sastre rompe con el modelo
de Todorov porque al final de sus relatos no queda incertidumbre
y logra dar una explicación racional. En los años setenta gracias
a la literatura experimentalista, a la metatextualidad y la narratividad
de los textos surgen diversos textos fantásticos. En 1978, Carmen
Martín Gaite publicó una novela llamada El cuarto de atrás. En dicho
texto se discute la tesis de Todorov por medio de un metarrelato.
En las últimas décadas las obras literarias cobran diversos matices,
en ocasiones por la mezcla de elementos de otros géneros. Así surgen
obras que van desde el relato fantástico, el cuento de terror y
la fantasía épica hasta la ciencia-ficción y el ciberpunk, sin dejar
de lado el creciente movimiento fandom. Como parte de esta nueva
corriente de literatura fantástica destacan Laura Gallego, María
Zaragoza o Antonio Martín Morales, entre otros muchos.

Laura Gallego García (Cuart de Poblet, Valencia, 11 de octubre
de 1977) es una autora española de literatura infantil y juvenil
especializada en temática fantástica. Ha estudiado Filología Hispánica
en la Universidad de Valencia. En el año 2005 ya tenía más de una
decena de títulos publicados con decenas de miles de ejemplares
vendidos, lo que la convierte en un referente de la literatura juvenil
española.
En México, hay una gran tradición en este género. Las obras de
Amparo Dávila, Salvador Elizondo, Emiliano González, Álvaro Uribe,
Mario González Suárez, Pablo Soler Frost o Alberto Chimal son sólo
algunos ejemplos de la riqueza y buena salud de la que goza la literatura
fantástica. También es importante señalar que, a pesar del olvido,
desde hace una década se ha venido rescatando la obra de Francisco
Tario, quien, antes de Rulfo y Arreola, fue el precursor del género
fantástico en México.
Venezuela tiene una vasta tradición de literatura fantástica que
se remonta a mediados del siglo xix, con autores como Julio Calcaño,
Juan Vicente Camacho, Nicanor Bolet Peraza y Pedro Emilio Coll.
Ya entrado el siglo XX, el surgimiento de las vanguardias venezolanas
trae consigo un nuevo interés en lo fantástico y lo maravilloso,
y eso que luego Uslar Pietri denominó el realismo mágico, con obras
como La tienda de muñecos (1927) de Julio Garmendia , Cubagua (1931)
y La galera de Tiberio (1933) de Enrique Bernardo Núñez; los primeros
cuentos de Arturo Uslar Pietri publicados en 1928: Barrabás y otros
relatos y en 1936: Red, así como su primera novela (de corte fantasmagórico,
onírico, una especie de trance alucinatorio), publicada en 1931:
Las lanzas coloradas; y la poesía de José Antonio Ramos Sucre (publicada
en su totalidad entre para 1929). La literatura de Julio Garmendia
sería particularmente importante, pues dejaría atrás la estética
del fantástico dieciochesco, propio de la tradición romántica, y
exploraría ideas como la paranoia, el doppelgänger, la ucronía,
la distopía, la metaficción, el futurismo, la anticipación, la inmortalidad,
el pacto demoníaco o la noción cristiana del infierno; poniendo
bajo cuestión los avances técnico-científicos y las nociones de
realidad y de moral. Posteriormente, a mediados del siglo XX, irrumpe
un interés por lo abstracto, lo experimental, que tendría como máximo
ejemplo la narrativa fantástica de Guillermo Meneses (La mano junto
al muro, El falso cuaderno de Narciso Espejo). Meneses cambiaría
la literatura de Venezuela e influenciaría a autores también incursionarían
en el género como José Balza, Oswaldo Trejo, Ida Gramcko y Alfredo
Armas Alfonzo. Algunos exponentes actuales del género son: Ednodio
Quintero, Juan Carlos Chirinos (Los cielos de Curumo, Renancen las
sombras), Israel Centeno (Criaturas de la Noche), Karina Sainz Brogo
(La isla del Doctor Schubert), Michelle Roche Rodríguez (Malasangre),
o Norberto José Olivar (Un vampiro en Maracaibo).

Las convidadas invisibles, historia de tres poetas
silenciadas.

En Argentina, existe una vasta tradición de literatura fantástica,
que en la actualidad encuentra una de sus vertientes más prolíficas
en el género de la épica fantástica; aunque la influencia a nivel
latinoamericano del subgénero fantastique es innegable gracias a
la trascendencia de autores como Jorge Luis Borges, Silvina Ocampo,
Julio Cortázar, Angélica Gorodischer y Adolfo Bioy Casares, por
nombrar algunos. Actualmente, Liliana Bodoc, escritora santafecina,
se nos ofrece como exponente de este género con su popular Saga
de los Confines, compuesta por tres libros: Los días del Venado,
Los días de la Sombra y Los días del Fuego. La saga narra hechos
mágicos, fantásticos y también, colectivos, en la medida en que
exceden el heroísmo individual. Su dimensión colectiva se entrama,
a su vez, con una búsqueda de modificar la realidad del mundo, como
plantea la literatura épica.
En Chile, el género fantástico nunca ha logrado desprenderse por
completo del canon realista chileno y, por lo tanto, llegar a ser
considerado un género per se dentro de su tradición narrativa; a
diferencia de lo que ocurre en Argentina. No obstante, sí ha habido
algunos exponentes de este, ya sea mediante algunas novelas o cuentos,
que bien permiten plantear la presencia del género en cuestión,
al mismo tiempo que se les reconoce como obras en contraste y diálogo
permanente con el canon chileno, tal como recoge Andrés Rojas-Murphy
en su Antología de cuentos chilenos de ciencia ficción y fantasía.
De modo que, las obras de María Luisa Bombal, Elena Aldunate, Augusto
D´Halmar, Braulio Arenas, Enrique Araya, Hugo Correa, Miguel Arteche
y más recientes como Nefilim en Alhué de Omar Pérez Santiago, Aldo
Astete Cuadra, José Baroja, Jesús Diamantino y Jorge Baradit, entre
otros, sirven de ejemplo para demostrar la presencia del género
en Chile.
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Hugo Correa Márquez (Curepto, 24 de mayo de 1926-Santiago,
23 de marzo de 2008) fue un periodista y escritor chileno de ciencia
ficción. Nacido en Curepto, un pueblo campesino al interior de Talca.
El reconocimiento de Ray Bradbury le permitió ver sus obras traducidas
al inglés, francés, alemán, portugués y sueco; así como publicar
en dos revistas clásicas: The Magazine of Fantasy & Science Fiction
y Nueva Dimensión. En Chile fue columnista del diario El Mercurio,
La Tercera y la revista Ercilla. Además fue presidente de los comités
culturales del Instituto Chileno-Norteamericano. Sin embargo, en
Chile nunca se reconoció su trabajo desde la cultura oficial, a
pesar de ser el único latinoamericano citado en la The Encyclopedia
of Science Fiction.
A lo largo de la historia de la literatura fantástica, se han desarrollado
grandes obras pasando de lo más clásico hasta lo más actual, algunos
ejemplos notables son:
- La Odisea. Es una fantástica narración épica en la que se refleja
el desarrollo religioso, político y cultural de Grecia, además gracias
al autor de la Odisea, la épica pasa de una forma de transmisión
oral a una escrita. Con este hecho, la literatura de ese tiempo
tomo otro rumbo, ya que empezó a transmitirse por medio de las letras.
- La Eneida. Obra maestra de la literatura latina, realizada por
el poeta con la intención de glorificar a Roma, por pedido del emperador
Augusto. El tema fundamental de la obra es el esfuerzo, pues en
la obra se nota claramente el empeño o esfuerzo que ponía cada personaje
para alcanzar las metas que se habían propuesto realizar de una
forma u otra.
- El Señor de los Anillos. Esta obra ha influido de tal manera
en toda la literatura fantástica posterior que podría considerarse
la madre de todas las sagas de fantasía del siglo XX
. El Señor de los Anillos no es solo una novela con personajes
y lugares de fantasía, sino un universo entero con su geografía,
lenguas, razas e historias propias. Tolkien desarrolló ese mundo
mucho más de lo que se deja entrever en sus novelas, estableciendo
las bases para la literatura fantástica de los años venideros.
- La Rueda del Tiempo. La historia de La Rueda del Tiempo está
ambientada en un mundo fantástico ambientado a finales del siglo
xvii. En las más de catorce novelas con las que cuenta la saga (veinte
en la edición española) tienen lugar innumerables tramas diferentes
y muchos personajes, que se basaron en elementos mitológicos europeos
y asiáticos.
Dentro del monográfico dedicado a las sagas y junto a otros
estilos, la fantasía tiene buena acogida.
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