
Una vez atracados los balleneros y barcos a bordo de los
cuales recorrió mares y vivió pintorescas aventuras, Herman
Melville se detiene en Nueva York. Le espera un puesto como
inspector de aduanas cuya monotonía rivalizará con los azarosos
viajes que inspiraron Moby Dick. Por su parte, será la rutina
de la inspección la que confiera el porqué a una historia.
Pásate por la segunda página del monográfico
dedicado al cuento.
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