El verano de 1816 no existió. La escritora londinense Mary
Shelley y su compatriota poeta Lord Byron se refugiaron de
la lluvia y los cielos tenebrosos en una mansión a la orilla
del lago Lemán, al norte de los Alpes. Y ante el fuego de
la chimenea, en aquel verano que nunca fue, a Shelley se le
ocurrió el personaje de Frankenstein y Lord Byron escribió
el poema Oscuridad, que arrancaba: “Tuve un sueño, que no
era del todo un sueño. El brillante sol se apagaba…”. Ellos
no lo sabían, pero el origen de la oscuridad y el frío que
los encerraron en casa aquel segundo invierno se encontraba
a miles de kilómetros de allí. El volcán Tambora, en la actual
Indonesia, había empezado a vomitar sus entrañas más de un
año antes, llegando a su culmen entre el 10 y el 11 de abril
de 1815. Su megaerupción, la más devastadora de los últimos
750 años, se llevó por delante la vida de más de 60.000 personas,
en su mayoría víctimas de la hambruna. Los gases con azufre
que expulsó Tambora eclipsaron la luz del Sol, sepultando
el siguiente verano en buena parte del hemisferio Norte y
arruinando las cosechas. Miles de personas tuvieron que lanzarse
a comer gatos y ratas, según recuerda el vulcanólogo Stephen
Self, de la Universidad de California en Berkeley (EE UU).

El Frankenstein mas popular es el interpretado
por Boris Karloff en la película de James Whale de
1931.
Dos siglos después de la tragedia del Tambora, Self es uno
de los expertos que alertan de que la humanidad no está preparada
para la siguiente megaerupción. Incluso un país como Japón
desconoce al menos el 40% de las grandes erupciones de sus
volcanes en el pasado. “Ha llegado la hora de explorar sistemáticamente
todos los registros disponibles de erupciones [...] para que
tengamos más oportunidades de comprender los futuros peligros
potenciales”, clama hoy Self, junto a su colega Ralf Gertisser,
de la Universidad de Keele (Reino Unido), en la revista científica
Nature Geoscience. Los autores creen que el 200 aniversario
de la erupción que parió a Frankenstein debería servir como
un recordatorio de la amenaza volcánica. En enero, un informe
técnico, elaborado por la red de vulcanólogos Global Volcano
Model y por la Asociación Internacional de Vulcanología y
de Química del Interior de la Tierra, advertía de que hay
un 33% de probabilidades de que se produzca una erupción como
la de Tambora a lo largo del siglo XXI. El informe concentra
el 90% del riesgo en cinco países: Indonesia, Filipinas, Japón,
México y Etiopía. Para Self, “Indonesia es la mayor preocupación,
debido a la densidad de la población y al número de volcanes.
La próxima erupción puede ser incluso de un volcán sin erupciones
conocidas”, advierte. En 1883, la erupción del volcán Krakatau,
en la parte occidental del archipiélago indonesio, provocó
la muerte de 34.000 personas.

La caldera del volcán Tambora, de seis kilómetros de diámetro.
No muy lejos, en la isla de Sumatra, se produjo la mayor
erupción conocida por el ser humano. Fue hace 74.000 años.
La explosión del volcán Toba creó un agujero de 100 kilómetros
de largo por 60 de ancho, hoy ocupado por un lago. “Fuera
de Indonesia me preocupa el volcán Taal, en Filipinas, cercano
a una región densamente poblada, la de Manila [más de 25 millones
de personas], y con un historial difícil de precisar”, añade
Self. El vulcanólogo, que también trabaja para el organismo
que regula las centrales nucleares en EEUU, cree que disponer
de un registro detallado de las megaerupciones de los últimos
miles de años ayudaría a predecir futuras catástrofes. “Tendríamos
una idea mucho más aproximada de la frecuencia, aunque obviamente
todavía existirían patrones que no entenderíamos, ya que los
volcanes están muy extendidos por el planeta y reaccionan
a diferentes fuerzas. Algunos acontecimientos son debidos
al azar, e incluso algunos vulcanólogos sostienen que las
erupciones son esencialmente impredecibles”, explica a Materia.

Erupción del volcán filipino Pinatubo en 1991.
Self y su colega recuerdan que la nube de cenizas expulsada
en la erupción del volcán islandés Eyjafjallajökull en 2010
obligó a cancelar miles de vuelos en Europa, pese a tratarse
de un evento ridículo comparado con la explosión del Tambora
hace 200 años. El volcán indonesio escupió unos 40 kilómetros
cúbicos de material. Una de las erupciones más violentas del
siglo XX, la del filipino Pinatubo en 1991, apenas expulsó
cinco kilómetros cúbicos.
Para Self, “hay muchas cosas que podemos hacer” para blindarnos
ante una futurible megaerupción, como “tomar precauciones
para proteger los aviones, modificar los planes de vuelo y
planear diferentes cultivos” en algunas regiones. “Pero no
las haremos a menos que la probabilidad de una futura gran
erupción sea alta o, dicho de otra forma, que la amenaza sea
real”, sentencia. El veterano vulcanólogo español Juan Carlos
Carracedo es más escéptico. Este experto, profesor emérito
en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, cree que,
por ejemplo, no tiene sentido recordar la megaerupción que
hubo hace 640.000 años en la zona del Parque Nacional Yellowstone
(EE UU) como si fuera algo que va a repetirse próximamente.
“Hacer estas especulaciones solo sirve para intranquilizar
a la gente”, opina. Aquella gigantesca explosión cubrió de
ceniza gran parte de Norteamérica. “Hay muy pocas erupciones
como para poder hacer un análisis estadístico. En Canarias
hemos tenido 16 en los últimos 500 años, unas separadas por
20 años y otras, por 237 años. Las erupciones volcánicas son
imposibles de predecir, solo podemos conseguir una detección
temprana cuando ya han empezado. Si hay una supererupción,
nos enteraremos todos los del planeta cuando ocurra”, zanja.
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Página manuscrita perteneciente al cuaderno
donde Shelley comenzó la novela, con correcciones de
Percy.
Y no hay mejor forma para cerrar que la buena
nueva.
Espido Freire ha lanzado este martes 1 de febrero
su primera obra original en formato audiolibro, coincidiendo
con el aniversario del fallecimiento de la escritora Mary
Shelley, según informa la editorial Storytel Original. La
obra es un recorrido de correspondencias entre Mary Shelley
y el mayordomo de Lord Byron, Wiliam Fletcher, documentando
todo lo que aconteció durante aquel verano.

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