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Una tarde del verano de 1703, Daniel Defoe sintió unas gotas en
la cara. Al principio, esa llovizna fresca fue un alivio —hacía
demasiado calor— pero la obstinada frecuencia se volvió un inconveniente:
no podía secarse, estaba en la picota. Problemas con la ley por
escritos satíricos contra el partido gobernante de Inglaterra y
sus votantes. Con el cuello y las muñecas atrapados en la madera,
Defoe miró al cielo: la lluvia ya era torrencial. Se habrá preguntado
por qué la tormenta no esperó un día más, hasta mañana, cuando ese
protocolo de humillación pública terminara y se encontrara bajo
techo, en la cárcel de Newgate, donde se hospedaría por unos cuantos
días. Lo que no imaginaba era que en cuatro meses esa molesta lluvia
vendría acompañada de un tremendo huracán que ahogaría a más de
mil marineros, que arrasaría con 4 mil árboles del Bosque Nuevo,
que provocaría destrozos en toda la ciudad y que el mundo recordaría
como la Gran Tormenta de 1703.
Fueron cuatro días, del 7 al 10 de diciembre —del 26 al 29 de noviembre,
según el antiguo calendario que se usaba en ese momento— que todo
Londres sufrió la tempestad. Un ciclón extratropical que, según
un informe de Risk Assessment Models de 2003, 300 años después,
“fue el más dañino que haya afectado a la parte sur de Gran Bretaña
durante al menos 500 años”, y que una clave radica en que “las energías
de dos tormentas se convirtieron en una”. Por entonces se estaba
desarrollando la Guerra de Sucesión española, la que instauró a
la Casa Borbón en el trono. Los cronistas solían colorear sus artículos
con datos del clima. Para todos era una novedad. ¿Qué otra tormenta
tan fuerte se recordaba en ese entonces? Algunas explicaciones apuntaban
al Diluvio Universal. Cuando Daniel Defoe salió de la cárcel se
puso a investigar, recabó mucha información y publicó La tormenta:
para muchos, el primer libro periodístico de la historia.

Daniel Defoe en la picota. Grabado de James Charles Armytage, basado
en Eyre Crowe, 1862.
Miles de edificios destruidos, millones de árboles talados. Miles
de personas muertas, entre ellas una quinta parte de los marineros
de la Armada Británica. Alguien debía contarlo todo, ¿pero de qué
forma? ¿Alcanzaban los artículos que se publicaban en diarios y
revistas de la época, que se leían con la tensión de las catástrofes
y que se olvidaban con la publicación del siguiente día? Hacía falta
algo más: literatura. “La tormenta no es una novela” porque “su
voz autoral en primera persona se basa en relatos reales de lo sucedido
durante y después del huracán”, dice Jenny Mckay en un texto que
forma parte del libro colectivo La imaginación periodística, de
2008. A esos testigos Defoe los contactó a partir de la London Gazette.
El anuncio decía que quería “preservar el recuerdo de la última
tempestad espantosa” y por eso “se está preparando una colección
exacta y fiel de los desastres más notables que ocurrieron en esa
ocasión”.
El anuncio de Defoe continuaba así: “Para el perfeccionamiento
de tan buena obra, el autor recomienda humildemente a todos los
caballeros del clero, u otros, que hayan hecho alguna observación
de esta calamidad, que transmitan un relato tan claro como sea posible
de lo que han observado”. Ese es el texto que hizo circular entre
el 13 y el 16 de diciembre de 1703. Pero hubo muchos más, en distintos
diarios. Una vez recabada toda la información se puso a escribir
y en menos de un año ya estaba el libro en las calles. El título
completo fue La tormenta: o una colección de los damnificados y
los desastres más notables que ocurrieron en la última y terrible
tempestad, tanto por mar como por tierra. Se publicó en 1704, impreso
por G. Sawbridge y distribuido por J. Nutt, como figura en la tapa.
Hay un prefacio, cuatro capítulos sin nombre y numerados del 1 al
4, uno titulado “De los efectos de la Tormenta”, otro es “La conclusión”
y el cierre, un poema.

Quizás una de las mejores narraciones de una tormenta que haya
en la literatura, al menos una de las más recordadas, es La línea
de sombra de Joseph Conrad, publicada en 1917. Se trata de la reescritura
de una experiencia personal bajo el manto de la ficción. Lo interesante
es que a la tormenta se la describe desde un barco donde el protagonista,
al igual que le ocurrió a Conrad treinta años atrás, debuta como
capitán. “El viento soplaba día tras día; soplaba con odio, sin
intervalos, sin piedad, sin descanso. El mundo no era sino una inmensidad
de olas espumeantes que nos embestían bajo un cielo tan próximo
que podía tocarse con la mano, y tan sucio como un techo ahumado.
En el tormentoso espacio que nos rodeaba había tanta espuma como
aire. Día tras día, noche tras noche, no había alrededor del barco
más que el aullido del viento, el tumulto del mar, el estruendo
del agua saltando sobre cubierta”, escribe Conrad. La figura de
la tormenta es poderosa. Aparece en los antiguos mitos, en las alegorías
griegas, en los textos sagrados, en los versos de cualquier poeta
y también en las frases motivacionales que pululan en la web. Hay
una del escritor y orador estadounidense Steve Rizzo que vale la
pena mencionar: “No esperes a que pasen las tormentas de tu vida.
Aprende a bailar bajo la lluvia”. Tiene su lógica.

Retrato de Daniel Defoe en el Museo de Marina, Londres, de autor
desconocido.
Pero, ¿qué pensarían aquellos marineros, aferrados al barco tembloroso,
muchos firmes en la cubierta, otros atados a las literas, “con el
cuerpo en constante tensión y la mente llena de preocupaciones”,
como escribe Conrad, de aquella sentencia de autoayuda? ¿Cómo “controlar
tus emociones”, cómo “alimentar tus pensamientos”, cómo “enfocarse”
en otra cosa que no sea la muerte inminente ante la ira de Dios,
ante la furia de la naturaleza? “A veces —escribió Santiago Craig
en un cuento del libro Las tormentas—, las cosas pasaban y ahí tocaba
estar, sin poder hacer nada”. ¿Cómo empiezan estas tempestades?
“En el cielo claro, sin nubes, se ve primero una luz que cubre todo
y después se escucha un trueno”, narra Craig en otro cuento de Las
tormentas. Si bien es cierto que “la tormenta rejuvenece las flores”,
como escribió Baudelaire, solo lo hacen las que sobreviven. Estamos
frente a un fenómeno meteorológico de enorme ambigüedad. Se percibe
en estos versos de Alfonsina Storni: “La tapa del cielo / desciende
en tormenta ceñida: / su lazo negro / vigila”. Es posible que Daniel
Defoe no haya pensado demasiado en cómo abordar este libro, sino
que se dejó llevar por lo que el libro mismo le demandaba. Quizás
por eso que podemos encontrar tanta perplejidad (“Los vientos son
algunos de esos inescrutables de la naturaleza, en los que la búsqueda
humana aún no ha podido llegar a manifestación alguna”) pero también
notables sutilezas (“Nuestra mayor pérdida son los manzanos, porque
nos faltará licor para alegrar nuestros corazones”).

Portada original de “La tormenta: o una colección de los damnificados
y los desastres más notables que ocurrieron en la última y terrible
tempestad, tanto por mar como por tierra”.
Defoe era un hombre de fe, pero también de la razón. En el prefacio,
firmado como “El humilde servidor de la época”, distingue los sermones
de los libros. Mientras que “el sermón es un sonido de palabras
dichas al oído y preparadas sólo para la meditación presente”, “un
libro impreso es un registro que permanece en posesión de cada hombre,
siempre listo para renovar su conocimiento de su memoria, y siempre
listo para ser presentado como autoridad o comprobante de cualquier
informe que haga a partir de él, y transmite su contenido durante
siglos“. De alguna manera, pondera escribir para la posteridad por
sobre el presente, pero también es una forma de subrayar el valor
del archivo. En esta toma de posición, acentúa la responsabilidad
del trabajo que está realizando y coloca la trascendencia en el
centro de la discusión, porque un error puede “hacer que nuestros
hijos digan mentiras después de nosotros, y sus hijos después de
ellos, hasta el fin del mundo”. ¿A quién se dirige con esa crítica
inicial? A los historiadores del pasado. Para un lector como él,
la falta de objetividad en los relatos historiográficos era producto
de una pereza intelectual, pero también del ”descaro, la obscenidad,
las florituras vacías, la poca consideración por la verdad y el
gusto por contar una historia extraña”. Todo eso, decía, “han reducido
a mero romance muchas piezas valiosas de la historia antigua”. Y
en el párrafo siguiente se pregunta: “¿Cómo es posible que las vidas
de algunos de nuestros hombres más famosos, e incluso las acciones
de épocas enteras, se ahoguen en una fábula?” No es difícil imaginar
a Defoe revisando bibliotecas enteras en busca de héroes lejanos,
guerras pasadas, acontecimientos, episodios, anécdotas y detectando
que los autores, algunos de renombre, otros absorbidos por el anonimato,
ocultaban la falta de datos y la vaguedad de las pruebas con edulcorados
relatos entusiastas. Entonces sonreía, molesto, enojado. Así como
empuñaba la espada de la razón, también se recostaba en la fe. “No
hubo ningún ateo que no haya dudado de sus creencias ni que haya
evaluado la posibilidad de que exista un ser supremo cuando sintió
las terribles ráfagas de esta tempestad. Las duras almas ateas temblaron
al igual que sus casas cuando sintieron que la naturaleza les hacía
algunas preguntitas”, escribe. Es interesante cómo la brusca pretensión
de objetividad de Defoe se ablanda, al menos un poco, con la miel
de la religiosidad. Defoe nació en una familia de carniceros presbiterianos
disidentes, una tradición dentro del protestantismo cuyas creencias
religiosas no coincidían totalmente con las de la Iglesia de Inglaterra.
Una edición actual.
La incomodidad formaba parte de su árbol genealógica, como una
herencia que llevó hasta el final de sus días. Incluso hasta su
nombre: cambió su apellido —era Foe y le agregó el De adelante—,
algunos dicen que para sonar aristocrático. Sobre los efectos religiosos
de la tormenta, escribe, ya sin cautela: “El ateísmo es uno de los
principios más irracionales del mundo”. Hay un miedo en Defoe, un
miedo moral que se lee perfectamente acá: “Existe un riesgo en el
error. Si el cristiano se equivoca y al final parece que no hay
un estado futuro, Dios o el Diablo, recompensa o castigo, ¿dónde
está el daño? Lo único que ha perdido es que ha practicado algunas
mortificaciones innecesarias y se ha tomado la molestia de vivir
un poco más como un hombre de lo que hubiera vivido. Pero si el
ateo se equivoca, ha traído sobre sus espaldas todos los poderes
cuya existencia negaba, ha provocado al infinito de la manera más
elevada y al final debe hundirse bajo la ira de aquel cuya naturaleza
siempre ha repudiado”. La potencia de su argumento es formidable
—es un tipo completamente convencido de que existe un plan que nos
trasciende—, pero más aún lo es su construcción literaria, que tiene
el sabor de una buena venganza.
“Para alguien que escribió tanto, se sabe sorprendentemente poco
sobre su vida”, dice Jenny Mckay. Defoe es el autor de Robinson
Crusoe, de 1717, considerada la primera novela inglesa. Pero su
mayor producción ha sido periodística, no solo en artículos en revistas,
también en libros. ¿Y por qué esa zona es la menos explorada de
su bibliografía? “La razón más obvia es que el periodismo se considera
efímero: por definición trata temas de actualidad”, dice McKay con
dosis similares de precisión y acidez, y agrega más motivos, como
que “gran parte de la clase dirigente del periodismo es igualmente
reacia a celebrar el periodismo por su mérito literario”, lo que
se debe a “una especie de esnobismo que hace que quienes escriben
para ganarse la vida sean despreciados”. Luego, claro, está el problema
del acceso. En la web, La tormenta solo está en un sitio llamado
Get History, que dirige la historiadora inglesa Debbie Kilroy.

Si Defoe era, en palabras de John Richetti, “una auténtica máquina
de escribir” (entre 1704 y 1713 dirigió una revista en la que prácticamente
él escribía todos los artículos, con tres números semanales y una
edición especial para Escocia), sabemos que los efectos que producía
en la discusión pública de su tiempo eran no sólo potentes, también
perjudiciales, sobre todo para él mismo. Para el periodista británico
Richard West, fue “el primer maestro, sino el inventor, de casi
todas las características de los periódicos modernos”. Anthony Burgess,
también británico, lo consideró “nuestro primer gran novelista porque
fue nuestro primer gran periodista”. Para McKay, La tormenta es
“la primera pieza reconocible de reportaje periodístico moderno
en forma de libro de un tipo que todavía se practica, y cada vez
más, en inglés y en otros idiomas. Fue el equivalente en el siglo
XVIII de un libro instantáneo y se publicó siete meses después de
la catástrofe”.
“Las prácticas que ahora damos por sentadas en la investigación
y en la narración periodísticas fueron parte del método de Defoe”,
dice Mckay, y agrega que es un libro que “puede leerse como un hito
en el desarrollo del periodismo y de la novela” porque “enfatiza
la fuerza del vínculo” entre ambos registros: el periodismo como
“la escritura que pretende presentar una realidad verificable” y
la novela como “la escritura que pretende presentar la invención
como si fuera la realidad”. Trescientos años después, cuando los
géneros funcionan más como etiquetas de mercado que métodos de creación,
¿qué dice La tormenta de la historia de la literatura, del periodismo,
de nosotros, de este presente, del futuro? Hay un extrañamiento
muy fuerte en la lectura de un libro que ya tiene más de tres siglos:
la revelación de que el mundo fue tan distinto y tan igual al nuestro.
Y que todo empezó, tal vez, con un hombre atrapado en una picota
y una llovizna acariciándole la cara.
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Mileva Einstein no sólo fue el primer amor, la esposa
y la madre de los hijos de Albert Einstein, sino tambien una de
las primeras mujeres europeas en estudiar física. Como científica
colaboró en los descubrimientos de su marido principalmente en el
campo de las matemáticas, donde sus conocimientos superaban a los
de el. Con esta novela basada en hechos reales, Slavenka Drakulic´
traza el sobrecogedor retrato de una mujer que luchó contra sus
carencias físicas, que nunca se rindió, pero que no pudo tener una
carrera brillante como matemática, aunque sin duda era un talento
excepcional. Mileva Einstein, que llegó a Suiza para estudiar ciencias
desde el campo, que tenía apoyo entre los científicos, renunció
a su carrera por su famoso marido y, más tarde, por sus hijos. La
novela sobre Mileva Einstein es una novela de dolor, de cómo afrontar
las desgracias de la vida, cómo vivir y sobrevivir, cómo ser mujer
y no perder la cordura. Mileva Einstein: Una teoría de la tristeza
es una novela en la que la autora sumerge brillantemente al lector
en la vida de la protagonista, para identificarnos con sus problemas,
sus luchas, sus penas y alegrías.
Durante toda su relación, incluyendo la crisis, el
matrimonio Einstein-Maric mantuvo una correspondencia abundante.
Durante una de sus separaciones, y en un intento por mantener "buenas
relaciones" por el bien de sus hijos, Einstein escribió una carta
a Mileva con una serie de "condiciones" para su regreso a la casa
marital. Esta fue publicada muchos años después, en 1987, por su
biógrafo Walter Isaacson. La carta, escueta y directa, dice así:
A. Te asegurarás de que:
Mi ropa y la ropa de cama estén limpios y en orden.
Yo reciba mis tres comidas de modo regular en mi cuarto.
Mi habitación y estudio estén limpios, y especialmente
de que mi escritorio sea para mi uso solamente.
B. Renunciarás a toda relación personal conmigo, a
menos que sea completamente necesaria por razones sociales. Específicamente,
renunciarás a:
Que yo esté en casa contigo.
A que salga o viaje contigo.
C. Obedecerás los siguientes puntos en tu relación
conmigo:
No esperarás ninguna intimidad conmigo, ni me los
reprocharás de ninguna manera.
Dejarás de hablarme si te lo solicito.
Saldrás de mi habitación o estudio, inmediatamente
y sin protestar, si te lo solicito.
D. Te comprometerás a no hacerme menos delante de
nuestros hijos, ya sea a través de tus palabras o de tu comportamiento.
Maric, hija de una familia de terratenientes del imperio
Astro-Húngaro que por su gran inteligencia, y por favores a su padre,
pudo cursar la secundaria en Austria e ingresar al Instituto Politécnico
Federal de Zurich; antes de presentar el examen de ingresó a la
carrera de matemáticas, estudió medicina en la Escuela Federal de
Berna, Suiza. En una época en que las oportunidades de estudio para
las mujeres era muy restringida, finales del siglo XIX, y a pesar
de su gran capacidad intelectual, fue vigilada severamente por ser
la única estudiante mujer. Fue en el Instituto Politécnico donde
conoció a su pareja con la que tendría una hija antes de casarse.
Es posible que esa niña haya sido dada en adopción pero no hay claridad
sobre su destino. Posteriormente contraen matrimonio y Mileva tiene
que abandonar sus estudios para atender a la familia y apoyar a
su marido que no alcanza a ganar lo suficiente en la oficina de
patentes donde trabajaba y para que éste terminará de elaborar su
tesis.

Al poco tiempo nació su segundo hijo. Mileva siguió
en las labores del hogar y se dedicó a rentar cuartos a estudiantes
para apuntalar el sueldo insuficiente de su marido. A seis años
de su segundo embarazo nació su tercer hijo con problemas de salud
mental. Es cuando su matrimonio se empezó a resquebrajar y su conyugue
termina involucrándose con una prima de la familia. Él decide permitir
que ella se quede en casa a cambio de que mantenga las reglas estrictas
que se enumera en la carta antes mencionada. A pesar de ser vista
como una pareja modelo, no pudo evitarse la separación y divorcio.
Durante su vida matrimonial, él se dedicó a desarrollar una teoría
que le permitiría ganar el premio nobel. Hay evidencias que quien
planteó las bases de esa teoría fue ella. Tras su separación, Mileva
se dedicó por entero a cuidar a su hijos, y gracias a ella el mayor
de sus hijos pudo concluir los estudios de ingeniería en la misma
escuela donde conoció a su marido. Pero Mileva nunca más pudo dedicarse
a la ciencia.
Murió el 4 de agosto de 1948 en Zurich, Suiza, sumida
en la pobreza, siendo sepultada en el cementerio de Northeim Friedhof
en Zurich. Tiempo después tuvieron que quitar su lápida porque nadie
pagó los impuestos necesarios. El esposo de Mileva Maric se llamaba...
Albert Einstein.
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Cómo Israel se forra con la ocupación de Palestina
El complejo militar-industrial de Israel utiliza los territorios
palestinos ocupados como campo de pruebas de armamento y tecnología
de vigilancia que luego exporta por todo el mundo a déspotas y democracias.
Durante más de 50 años, la ocupación de Cisjordania y Gaza ha proporcionado
al Estado israelí una experiencia inestimable en el control de una
población "enemiga", los palestinos. Es aquí donde han perfeccionado
la arquitectura del control. El periodista Antony Loewenstein, autor
de Capitalismo del desastre, descubre este mundo en gran medida
oculto en una investigación global con documentos secretos, entrevistas
reveladoras y reportajes sobre el terreno. Este libro muestra en
profundidad, por primera vez, cómo Palestina se ha convertido en
el laboratorio perfecto para el complejo militar-tecnológico israelí:
vigilancia, demoliciones de viviendas, encarcelamiento indefinido
y brutalidad hasta las herramientas de alta tecnología que impulsan
la "Start-up Nation". Desde el software Pegasus que hackeó los teléfonos
de Jeff Bezos y Jamal Khashoggi, las armas vendidas al ejército
de Myanmar que ha asesinado a miles de rohingyas y los drones utilizados
por la Unión Europea para vigilar a los refugiados en el Mediterráneo
que se dejan ahogar. Israel se ha convertido en líder mundial en
tecnología de espionaje y material de defensa que alimenta los conflictos
más brutales del planeta. Mientras el etnonacionalismo crece en
el siglo XXI, Israel ha construido el modelo definitivo.
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Muere el novelista posmoderno y virtuoso apasionado
John Barth El escritor norteamericano, autor de 'El plantador de
tabaco' y 'Giles, el niño cabra', tenía 92 años.
Hace casi 40 años que John Barth no publicaba apenas,
aunque hace dos años se descolgara con un libro de ensayos literarios.
Ahora a los 93 años el que fue uno de los grandes autores del llamado
posmodernismo literario de los años 60, en cuyas filas militaron
Robert Coover, Thomas Pynchon, William Gass y Donald Barthelme,
ha refrendado ese vacío con su muerte en Florida, el pasado martes.
Sin embargo, su obra sigue ahí como un referente ineludible para
aquellos que conciben la escritura como un juego impulsado por una
técnica brillante sin perder por ello la emoción. Barth fue a la
vez practicante y teórico de la literatura posmoderna. En uno de
sus artículos declaró a las formas más clásicas de la literatura
herederas del siglo XIX como un arte agotado. Muchos críticos le
crucificaron por ello y por sus pirotécnicas estilísticas. Él se
defendió con una frase demoledora y guasona: “La técnica en el arte
tiene el mismo valor que la técnica al hacer el amor. Es decir,
la ineptitud sincera tiene su encanto y también lo tiene la habilidad
desalmada, pero lo que realmente se necesita es el virtuosismo apasionado”.

Nació en Cambridge, EE. UU en 1930. Está considerado
uno de los escritores norteamericanos más importantes del siglo
XX. Tras una breve incursión en el jazz, se adentró en el mundo
de las letras y estudió Periodismo en la Universidad Johns Hopkins,
donde trabajó en la sección Clásica y Oriental de la biblioteca
de la facultad. En 1956 publicó su primera novela, La ópera flotante,
que fue nominada al National Book Award, premio que finalmente ganaría
en 1973 con Quimera. Es autor de una vasta obra novelística, que
alternó con sus clases en las universidades de Penn State, Buffalo,
Boston y Johns Hopkins. Sexto Piso ha publicado El plantador de
tabaco (2013) y Giles, el niño cabra (2015) y La ópera flotante/El
final del camino (2018)
Profesor en el departamento de literatura en la Universidad
de Buffalo y antes en la Universidad Estatal de Pennsilvania, Barth
cultivó esa vertiente profesoral incluso en su aspecto. El autor
de ‘El plantador de tabaco’ (su obra maestra), ‘La ópera flotante’,
‘Perdido en la casa encantada’ y ‘Sabático’ nació en Cambridge,
Maryland en 1930 y desde muy joven se sintió atraído por la música,
lo que le llevó a estudiar en la prestigiosa Escuela Juilliard de
Nueva York. Esa vocación no tuvo continuidad, más allá de tocar
la batería con un grupo de aficionados, pero quizá sí impulsó el
estilo libre, festivo y sin reglas que iluminó su escritura.
Considerada por los críticos como la obra maestra
indiscutible de Barth, El plantador de tabaco ha adquirido el estatus
de clásico contemporáneo y es una obra relevante para los lectores
de cualquier época.
Tras algunas novelas y libros de relatos, llegó a
escribir casi 20, de carácter más realista, en 1960 publicó ‘El
plantador de tabaco’, un libro de casi 1.000 páginas de frondosa
y juguetona escritura, que le colocó en el olimpo de la gran literatura
norteamericana. Se trata de una obra picaresca y satírica escrita
en un estilo que imita el isabelino pasado por una sensibilidad
contemporánea que relata las andanzas de Ebenezer Cooker un británico
del siglo XVII que viaja a Estados Unidos para enfrentarse a un
mundo colmado de maldades y pecados mientras él intenta mantener
su pureza.
Hojas de hierba (Leaves of Grass, en inglés) (1855)
es un libro de poemas del poeta estadounidense Walt Whitman (1819–1892).
Entre los textos están «Canto de mí mismo», «Yo canto al cuerpo
eléctrico», «De la cuna que se mece eternamente» y, en las posteriores
ediciones, la elegía al asesinado presidente Abraham Lincoln (¡Oh,
Capitán! ¡Mi Capitán!). Aunque la primera edición fue publicada
en 1855, Whitman pasó la mayor parte de su vida profesional escribiendo
y editando Hojas de hierba, revisándolo en múltiples ocasiones hasta
su fallecimiento.
Esto dio lugar a ediciones muy diferentes a lo largo
de cuatro décadas: desde una primera edición, de tan sólo doce poemas,
hasta la última, que reunía más de cuatrocientos. Los poemas de
Hojas de hierba están conectados entre sí, cada uno representando
la celebración de Whitman de su filosofía de la vida y de la humanidad.
Este libro se caracteriza por su alegría y alabanza de los sentidos
en un momento en el que las manifestaciones en primera persona y
la expresión del uno mismo se consideraba inmoral. Mientras la mayoría
de la poesía anterior, especialmente la inglesa, se basaba en el
simbolismo, la alegoría y la meditación en motivos religiosos y
espirituales, Hojas de hierba (especialmente la primera edición)
exaltó el cuerpo y el mundo material. Bajo la influencia de Ralph
Waldo Emerson y el movimiento trascendentalista, una rama del romanticismo,
la poesía de Whitman elogia la naturaleza y el papel del individuo
humano en ella. Sin embargo, al igual que Emerson, Whitman no disminuye
el papel de la mente o el espíritu, sino que eleva la forma y la
mente humana, considerando ambas algo digno de alabanza poética.

Frontispicio de la primera edición, 1855.
Whitman publicó en 1855 la primera edición de Hojas
de hierba, que continuaría reeditando toda su vida, hasta sumar
un total de nueve ediciones; la novena, denominada «the deathbed
edition» (la edición del lecho de muerte), de 1892, es considerada
la definitiva. En la nota del autor de esa edición, éste dice que
es la que prefiere y recomienda, pues es la completa y autorizada.
En cada edición, Whitman agregaba nuevos poemas, corregía los anteriores,
suprimía líneas, o incluso poemas enteros. Su estructura es abierta:
no tiene fin. Asimismo, puede tomarse en cualquier punto y leerse
hacia atrás o delante, pues es también circular.
En 1855 publicó la primera edición de Hojas de hierba,
que no llevaba su nombre ni el de su editor. Constaba de doce poemas
sin título, un prefacio y el retrato de Whitman. En 1856 apareció
la segunda edición, en la que se incluía una carta personal de Emerson
en la que éste le felicitaba ante los «inicios de una gran carrera».
Contenía treinta y dos poemas titulados. En 1860 se publicó en Boston
la tercera edición de Hojas de hierba. Contenía ciento cincuenta
y cuatro poemas. A los anteriores se agregaban ahora fragmentos
de «Cánticos democráticos», «Hijos de Adán», «Calamus», «Hojas mensajeras»
y «Pensamientos». Se incluyen por entero «De la cuna que se mece
eternamente» y «Con el reflujo del océano de la vida». En 1865 vieron
la luz «Redobles de tambor» y el apéndice a los mismos, que iban
a agregarse a la cuarta edición de Hojas de hierba, impresa dos
años después. Ésta contenía, además, ocho nuevos poemas. Whitman
corrigió, recompuso y retiró poemas incorporados a las tres ediciones
anteriores. En 1871 se publicó la quinta edición, que agrega «Navegar
a las Indias» y nuevos poemas. En 1876 apareció la sexta edición
de Hojas de hierba, ampliada en dos tomos. En 1881 apareció la séptima
edición, contra la cual se inició un proceso judicial por inmoralidad.
La mayor parte de los poemas reciben en esta edición su redacción
y títulos definitivos. En 1889 la octava edición agregó tres poemas
largos publicados previamente en fascículos independientes y Whitman
comienza a preparar la edición llamada «del lecho de muerte», que
completó antes de fallecer en 1892. En 1897, la décima edición agregó
«Ecos de la vejez» y unos pocos poemas póstumos.

El estatus de Hojas de hierba como una de las colecciones
más importantes de poesía estadounidense ha significado que, con
el tiempo, diversos grupos y movimientos la hayan utilizado, y el
trabajo de Whitman en general, para promover sus propios fines políticos
y sociales.
En la primera mitad del siglo XX, la popular serie
Little Blue Book presentó el trabajo de Whitman a un público más
amplio que nunca. Se trataba de una serie que respaldaba puntos
de vista socialistas y progresistas; la publicación conectó el enfoque
del poeta en el hombre común con el empoderamiento de la clase trabajadora.
El trabajo de Whitman también se ha reivindicado en nombre de la
igualdad racial. En un prefacio a la antología de 1946, I Hear the
People Singing: poemas selectos de Walt Whitman, Langston Hughes
escribió que las "palabras que abarcan todo" de Whitman encierran
armas con trabajadores y granjeros, negros y blancos, asiáticos
y europeos, siervos y hombres libres, radiante democracia para todos".
De manera similar, un volumen de poesía de Whitman publicado en
1970 por la Agencia de Información de los Estados Unidos describe
a Whitman como un hombre que "se mezclará indiscriminadamente" con
la gente. El volumen, que se presentó para una audiencia internacional,
intentó presentar a Whitman como representante de una América que
acepta personas de todos los grupos.

¿Quién no recuerda el famoso verso «¡Oh, capitán!
¡Mi capitán!»? Aunque escrito como homenaje póstumo a Abraham Lincoln,
este fragmento forma parte la obra cumbre del «viejo hermoso Walt
Whitman», que diría García Lorca. Este poemario convirtió a Whitman,
«el poeta del cuerpo y el poeta del alma», en uno de los autores
estadounidenses más leídos de todos los tiempos. Una obra fresca
y fragante como las hojas de hierba que le dan título.

Sin embargo Whitman ha sido criticado por el nacionalismo
expresado en Hojas de hierba y otras obras. Nathanael O'Reilly en
un ensayo sobre "El nacionalismo de Walt Whitman en la primera edición
de Hojas de hierba" afirma que "Whitman imaginó que Estados Unidos
es arrogante, expansionista, jerárquico, racista y exclusivo; tal
Estados Unidos es inaceptable para los nativos americanos, afroamericanos,
inmigrantes, discapacitados, infértiles y todos aquellos que valoran
la igualdad de derechos".
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Pájaros perdidos está formado por trescientos veinticinco
aforismos, escritos en el verano de 1916, durante el viaje que el
autor realizó al Japón y a los Estados Unidos; estas briznas de
pensamiento constituyen la más alquitarada quintaesencia de su mundo
poético. La traducción española de Zenobia Camprubí fue revisada
y corregida estilísticamente por Juan Ramón Jiménez, quien terminó
por reconocer que el grueso de traducciones de Tagore «no es Mío
y de Zenobia como las otras traducciones, en parte, sino De Zenobia
y Mío».
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Esta novela que hace un recorrido por algunos de los
momentos clave del siglo XX, comienza con un testimonio vivo de
la Guerra Civil y del hambre, el aislamiento y la miseria que se
vivieron en la posguerra española en el sector obrero que el autor
conoció bien por su trabajo en una fábrica de juguetes. El protagonista,
huyendo de la oscuridad del régimen franquista, se marcha a París
y desde allí visita otros países europeos y asiste a cambios fundamentales
que tuvieron lugar en el transcurso de los sesenta, la lucha por
los derechos humanos, el cambio económico que contribuyó al desarrollo,
la independencia de Argelia, las manifestaciones contra el muro
de Berlín, Mayo del 68 y el inicio de los"indignados", o la lucha
frente a una desigualdad que en nuestros días ha aumentado a causa
del capitalismo insaciable. Al mismo tiempo construye el retrato
de los inmigrantes que fueron a París a ganarse la vida y se encontraron
con un mundo nuevo lleno de posibilidades pero también de sueños
rotos, de miseria y de chabolas donde se hacinaban los"desechables"que
llegaban del sur en las"pateras"de la época. José María Abad realiza
una crítica constructiva y aguda a un retroceso moral que está vigente
en nuestros días, con una implacable sinceridad que solo puede provenir
de la propia experiencia.
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Sheila Hernández nos regala un relato honesto que
refleja los problemas de una generación, en el que el bullying,
la depresión, el miedo, el amor, las despedidas y las relaciones
familiares están presentes. La creadora de @es.decirdiario nos muestra
cómo ella y sus circunstancias le han ayudado a alcanzar el sueño
de ser periodista, y a seguir luchando cada día. Nada ni nadie la
hizo más fuerte. Soy joven, no gilipollas es un ejemplo de cómo
la resiliencia ante las adversidades nos hace a todos capaces de
conseguir nuestras metas.
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«Da igual que conozcas a alguien desde hace más de
cuarenta años, da igual que hayas trabajado y vivido con esa persona;
no lo sabes todo. Yo no lo sé todo, sé apenas un puñado de cosas
que me dispongo a contar». Así comienza Nuestro mundo, el libro
que retrata la relación de intimidad entre la poeta Mary Oliver
y la fotógrafa Molly Malone Cook. Una vida compartida repleta de
palabras y de imágenes, una existencia en común guiada por la atención
al detalle, por el término exacto de las cosas y por el asombro
ante lo cotidiano. Este libro es un soplo al corazón que nos adentra
en la relación entre dos artistas brillantes, dos mujeres que se
aman y que construyen sus días en compañía. Una ventana a la magia
privada de un universo compartido, donde sobresale la fuerza de
la naturaleza admirada por Oliver pero también el estudio de revelado
fotográfico de Malone. Nuestro mundo reúne y entrelaza los textos
de la poeta con una serie de instantáneas tomadas por la fotógrafa,
desde retratos a Eleanor Roosevelt hasta Jean Cocteau, pasando por
diversas escenas domésticas como la de un pájaro que descansa del
largo viaje en las manos de Oliver mientras es alimentado. El resultado
es una obra sutil, breve, plagada de belleza, que no se querría
nunca terminar para poder seguir un rato más con ellas y su mundo.
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De junio de 1942 a octubre de 1943, más de 700.000
personas fueron asesinadas en Treblinka, un campo de concentración
establecido exclusivamente para el exterminio de judíos. En agosto
de 1943 los prisioneros se rebelaron. Sólo cincuenta y siete lograron
escapar y sobrevivir. Polaco judío, Chil Rajchman fue deportado
al campo en octubre de 1942. Participó en la rebelión, huyó y después
de varias semanas de vagabundeo encontró refugio en casa de un amigo.
Allí, sin saber si sobreviviría a la guerra o cuando sería apresado
de nuevo por los nazis, escribió la historia escalofriante de sus
diez meses en el infierno. Chil Rajchman (1915, Polonia). Cuando
las tropas de Adolf Hitler invadieron su país, Rajchman tenía veinticinco
años. Huyó de la ciudad con su hermana, tratando de salvar a su
familia. Participó del levantamiento de Treblinka y fue uno de los
cincuenta y siete sobrevivientes. Murió en 2004.
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Una de las subdisciplinas arqueológicas más destacadas
de las últimas décadas es la arqueología del conflicto. El estudio
de la violencia organizada, de la guerra, de los campos de batalla
y de sus efectos ha dado lugar a una impresionante bibliografía
que ha desbordado la contemporaneidad de la propuesta original para
aplicarse a toda la Historia aunque, todo sea dicho, los análisis
más concienzudos se ligan a los conflictos de los últimos siglos.
Sobresale en especial la investigación relativa a
la Segunda Guerra Mundial, la peor contienda de todos los tiempos,
por número de víctimas y nivel de destrucción. Comenzó el día 1
de septiembre de 1939 tras un ataque de falsa bandera alemán contra
Polonia conforme el indisimulado deseo nazi de apropiarse del corredor
del Danzig, incorporado a este renacido país tras el tratado de
Versalles. El control de esta región, renombrada como Pomerania,
permitía reunir a Prusia Oriental con el resto de Alemania. En esta
contienda, Polonia fue escenario de aterradoras matanzas y es inevitable
pensar en el Holocausto, en campos de concentración como Auschwitz
o Treblinka, el ghetto de Varsovia o la masacre de Katyn. A estas
terribles carnicerías se le ha de añadir la cometida por los nazis
en el bosque de Szpegawski situado en el norte de Pomerania.
Ese es el tema del reciente «An Archaeology of the
Pomeranian Crime of 1939: The Case of Mass Crimes in the Szpegawski
Forest (Poland)», publicado por un equipo multidisciplinar liderado
por Dawid Kobialka de la Universidad de Lodz en el «International
Journal of Historical Archaeology». Presenta los resultados preliminares
del proyecto «Una arqueología del crimen de Pomerania de 1939» ligado
al Instytut Pamieci Narodowej, que investiga y divulga la historia
polaca y, en particular, los crímenes acontecidos en este país entre
1917 y 1990. Nada más barrer al ejército polaco, Hitler usó a los
Selbstschutz Westpreussen, las milicias paramilitares formadas por
miembros de la minoría alemana de Pomerania, para llevar a cabo
en palabras de los investigadores «el primer genocidio alemán durante
la Segunda Guerra Mundial» conforme la categorización del primer
borrador redactado por el creador del concepto, un abogado judío
de origen polaco llamado Rafal Lemkina, que empleó «el término genocidio
para aludir a la destrucción de una nación o grupo social».

Personal directivo de Selbstschutz Westpreussen, milicias
paramilitares de la minoría alemana de Pomerania.
El bosque de Szpegawski sería un laboratorio para
la ocupación alemana. Fueron asesinados de 2.413 a 7.000 personas.
Además de discapacitados físicos y mentales, liquidaron con especial
atención a miembros de la «intelligentsia» polaca para desarticular
este territorio, trazando un modelo que seguirían en el resto del
país, congruente con la política oficial de germanización y destrucción
de la identidad política y cultural polaca, pues, como le dijo Hitler
a su círculo más íntimo, «la destrucción de Polonia es una prioridad».
Yacieron sus restos en fosas comunes hasta que en 1944, de acuerdo
con la Sonderaktion 1005, la acción ejecutiva alemana que pretendía
borrar todo rastro de los crímenes nazis, fueron desenterrados e
incinerados.
Este proyecto parte de dos hipótesis de entrada: que
aún queda evidencia material de esta masacre y que podrían estar
equivocados los escenarios tradicionalmente atribuidos a las masacres.
Para ello, han combinado técnicas de prospección con arqueología
in situ. Así, recurrieron a la fotografía aérea histórica y a la
tecnología LiDAR para descubrir 17 nuevas localizaciones al detectar
nivelaciones artificiales, signo inequívoco de este deseo de borrar
sus huellas, además de caminos empleados en el transporte de las
víctimas. Asimismo, hicieron 17 catas arqueológicas y excavaron
dos de los espacios tradicionalmente atribuidos a enterramientos
de los asesinados. Mientras que uno estaba vacío, la tumba 18 dio
resultados positivos al constatar de forma meridiana la existencia
de estratos que se corresponden con la primera inhumación en 1939
y su posterior reapertura e incineración de los restos enterrados
en 1944.

El 'valle de la muerte' de Polonia: el campo de pruebas
de las masacres nazis.
Sin embargo, esa misión de exterminio de la memoria
no tuvo éxito gracias a la pervivencia de restos materiales, biológicos
incluidos, y al progreso de la arqueología forense. Se descubrieron
al menos 87 individuos, tanto mujeres como hombres y niños, pues
el resto más joven se correspondía con uno de 3 a 7 años, si bien
aparentemente no fue ejecutado nadie mayor de 45. También se hallaron
todo tipo de materiales en un estado diverso de conservación por
las condiciones del terreno y el fuego empleado. Así, desde anillos
y dientes de oro a monedas, objetos devocionales, relojes, mecheros,
pintalabios, gafas, casquillos de las armas con los que los asesinaron
y llaves, muchas llaves, que, en opinión de los investigadores,
acreditan que muchas de las víctimas fueron aprehendidas en sus
hogares o en la calle. El hallazgo de enseñas de uniformes de organismos
públicos polacos, desde la policía al ejército, del servicio postal
al cuerpo ferroviario, prueba el ansia nazi por desarticular este
territorio presto para, siguiendo la doctrina del espacio vital,
ser ocupado por los racialmente «superiores» alemanes.

Del debería comer sano pero pierdo la motivación con
el tiempo, al quiero comer sano sin que me tomen el pelo porque
me siento mucho mejor. Es el cambio de enfoque que propone Andrea
Sorinas (Binéfar, Huesca, 28 de mayo de 1987), diplomada en Nutrición
Humana y Dietética, especializada en obesidad y patologías digestivas
con 12 años de experiencia en el cambio de hábitos. En El libro
que la industria alimentaria no quiere que leas (Ed. Libros Cúpula),
la también creadora del proyecto Con Coco Nut propone soluciones
sencillas y prácticas para dejar de pensar que la alimentación saludable
es aburrida, cara y restrictiva, y empezar a centrarse en sus beneficios
en el bienestar.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), las
enfermedades crónicas se cobran la vida de 41 millones de personas
todos los años, el equivalente al 74% de las muertes mundiales.
La forma más eficaz de luchar contra las enfermedades que provocan
estas muertes es combatiendo factores de riesgo que propician su
desarrollo: el sedentarismo, el alcohol, el tabaco y la mala alimentación.
"Si está en nuestra mano prevenirlas, ¿por qué no nos ponemos manos
a la obra?", se pregunta.
Sólo en España, la industria alimentaria mueve 140.000
millones de euros al año, y su gran objetivo no es nutrirte mejor,
sino vender más. Gana dinero vendiendo ultraprocesados con reclamos
como el 'alto en proteínas' y esto es un negocio. Un pepino no da
dinero, por mucho que aprietes al agricultor, llega hasta donde
llega. Pero un ultraprocesado puede monetizar a partir del márketing,
estrategias y la publicidad. No quiere que el consumidor sepa pensar
por sí mismo y motivarse para comer sano o recuperar esa motivación
cuando decae. Todo lo que conlleva un esfuerzo nos saca de la zona
de confort y cuesta. Habrá personas que ya han encontrado sus motivos
por los que hacerlo y, a las que no, les explico los motivos por
los que es tan importante comer sano nada más comenzar el libro.
No es verdad que la motivación se mantenga toda la vida, pero hay
que tener herramientas para mantenerla, tanto en la alimentación
como en el trabajo o la vida.

Los seres humanos no teníamos dudas sobre cómo alimentarnos
hasta que empezamos a 'meter mano' en los alimentos y modificarlos.
De eso no hace tanto, unos 250 años, coincidiendo con la Revolución
Industrial. Nuestras despensas se llenaron de azúcar blanco, harinas
refinados y grasas hidrogenadas.
"No comas nada que tu abuela no reconocería como comida",
escribe en el libro, aunque reconoce que la frase no es suya, pero
se la grabó a fuego. Sin embargo, es cada vez más complicado huir
de productos precocinados y ultraprocesados que hacen la vida más
fácil a gente sin tiempo en supermercados que cada vez albergan
menos comida real. ara eso he escrito este libro. Actualmente, el
obstáculo al que nos enfrentamos es nuestro ritmo de vida actual.
Si tenemos tiempo, preferimos invertirlo en otra cosa que en estar
cocinando dos o tres horas algo que nos comemos en 10 minutos. Pero
se puede comer rápido y saludable. Y también hay procesados de abrir
y listo con buenos ingredientes. El problema es que la industria
ya sabe que tú no tienes tiempo y que, en cierta manera, te preocupa
muy poquito tu salud. Así que te intenta colar ultraprocesados como
galletas Digestive, light o rico en fibra con sus mensajes y acabas
comiendo los mismos alimentos de mala calidad. Propone que el consumidor
aprenda a tener un pensamiento un poco más crítico y compre mejor.
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Tras dejarle la novia, y en un momento de apatía y
trabajos sin interés, el joven protagonista de esta novela sólo
recupera en parte su entusiasmo en cuanto, espoleado por la convocatoria
de un premio, decide escribir una novela. Sus lecturas últimas son
poco inspiradoras, pero intuye que será el propio lenguaje, su afición
a los juego lingüísticos, lo que le mostrará el camino. En las lentas
y calurosas tardes de verano, acostumbra a pasear y sentarse junto
al río. Inesperadamente un grupo de chicas se reúne en la orilla
y se baña en las aguas cada tarde. ¿No serán ellas la mejor inspiración?

Parece ficción, pero es un hecho real. En 1969,
en un instituto de California, un profesor puso en marcha el experimento
educativo más controvertido de la Historia: creó un
movimiento entre sus alumnos, al que bautizó La Ola, para
ilustrar el auge del nazismo en Alemania y los terribles acontecimientos
que este trajo consigo. Creía tenerlo bajo control, pero
se equivocaba. Las consecuencias de dicho experimento se recogen
en este libro escalofriante, vertiginoso y revelador. Una lección
precisa, más vigente que nunca: la Historia, siempre, encuentra
la forma de repetirse.

La impostura moral define nuestra epoca. No pasa un
segundo sin que veamos en nuestras pantallas a alguien (un político,
un periodista, un influencer, un ser anónimo) exhibiendo sus cualidades
personales o criticando las de otros. Y para ello vale cualquier
artimaña: su propio cuerpo, su alimentación, sus causas beneficas,
sus mascotas, sus hijos o sus mayores. La máscara moral. Por que
la impostura se ha convertido en un valor de mercado trata de explicar
cómo el neoliberalismo y la masificación de las nuevas tecnologías
han redefinido nuestra forma de relacionarnos basándose en el control
moral del otro, han esterilizado nuestra cultura y han trastocado
la función evolutiva de la moral: desde la cohesión grupal hasta
la actualexhibición individualista e hipócrita en un teatro con
miles de máscaras donde todos los personajes quieren ser el protagonista.
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