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30 - Diciembre - 2020
>>>> Ser humano > Segregación XIII

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"Cristóbal Colón es un personaje perturbador. Al fin y al cabo, condujo la gesta más notable de la historia de la humanidad, pero aún así circulan en torno a el múltiples misterios". La reflexión pertenece al hispanista Hugh Thomas y resume a la perfección la compleja figura del almirante ¿genovés? —ni sobre su origen hay certezas irrebatibles—. El marino que descubrió el Nuevo Mundo lleva varios años sometido al escrutinio de los valores del siglo XXI, y de su legado, sobre todo desde EEUU, se destacan prácticas de esclavitud y extrema violencia. De ahí el movimiento popular para retirar sus estatuas, que ha saltado ya el Atlántico y amenaza a uno de los monumentos más icónicos de Barcelona. ¿Pero qué hay de cierto en estas cuestiones? ¿Cómo de reseñables son estas sombras?

En la madrugada del 11 al 12 de octubre de 1492, las carabelas de la expedición de Colón avistaron la orilla de una tierra que era totalmente desconocida para los ojos europeos. Así lo dejó reflejado en su diario de abordo: "A las dos horas después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían dos leguas. Amainaron todas las velas, y quedaron con el treo, que es la vela grande sin bonetas, y pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día viernes, que llegaron a una islita de los Lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahaní".

Al poco de desembarcar, se les acercaron varios grupos de indígenas: gente desnuda y con tez oscura que se sorprendió de la llegada de unos marineros de piel blanca, ropajes extraños y un idioma desconocido. La primera vez que el navegante pisó tierra firme en América describió a los habitantes de las islas caribeñas como "gente mansa, tranquila y de gran sencillez". Los llamaban "taínos". Pero allí no había ni oro, ni especias, ni sedas. Luego saltaron a otras islas, como Cuba y Santo Domingo, bautizadas como Juana y La Española.

Todo en un principio fluyó como un intercambio pacífico entre nativos y españoles: los primeros agasajaron a sus visitantes con pequeños objetos de oro, mientras que Colón y su tripulación respondieron con baratijas —zapatos, gorros de tela, collares cuentas— que causaron una tremenda fascinación en los antillanos. Sin embargo, el almirante, un hombre culto guiado por la avaricia y el ansia de lucrarse, no tardó en darse cuenta de que allí no había los tesoros esperados. "Colón ve que las islas y los indígenas son pobres y piensa que la única ganancia está en comerciar con esclavos", explica el historiador Juan Eslava Galán, autor de La conquista de América contada para escépticos (Planeta).

En el regreso de ese primer viaje, Colón se llevó consigo a diez nativos —según el almirante los que quisieron subir voluntariamente a las carabelas—, de los que tan solo llegarían seis con vida a la Corte de Isabel y Fernando. Era uno de los presentes que el navegante brindó a los Reyes Católicos por haber financiado la expedición. Aunque también, según indicó el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, Colón pensó en aquellos indios como herramienta para aprender su extraña lengua y utilizarlos como intérpretes facilitando la colonización: "Para que cuando aquestos acá tornasen, ellos y los cristianos que quedaban encomendados a Goacanagari, y en el castillo que es dicho de Puerto Real, fuesen lenguas e intérpretes para la conquista y pacificación y conversión de estas gentes".

Así empezarían las idas y venidas de Colón a las Américas. En noviembre de 1493, apenas un año después del primer e histórico viaje, Cristóbal Colón regresó al Nuevo Mundo presumiendo de los títulos de virrey y gobernador general de las Indias Occidentales con la primera partida de hombres destinada a colonizar las tierras descubiertas. Más de un millar de personas llegaron este segundo viaje, el más espectacular y con el que más presupuesto se contaba. Aparte de marineros, había funcionarios, agricultores, mineros, artesanos, ganaderos con sus animales y clérigos: había que evangelizar a aquellos seres salvajes.

A los tres meses de haber desembarcado en América comenzaron los problemas. La tierra no era tan fértil como se pensaba y el hambre se generalizó entre los colonos. Además, se había extendido la noticia de que aquellos indefensos indios habían aniquilado a los 39 españoles que el almirante había provisto con munición para un año en el asentamiento de La Navidad. Consuelo Varela, historiadora y experta en la figura del almirante genovés, relata en La caída de Cristóbal Colón: el juicio de Bobadilla (Marcial Pons) que nada salió según lo previsto: "Había carpinteros que no sabían coger un hacha, y mineros que eran incapaces de distinguir el oro de una aleación, se quejaba Colón".

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Comenzarían así una oleada de deserciones, reducciones de raciones y pequeñas revueltas. Para más inri, los indígenas se percataron de que la estancia de los colonos no sería pasajera tras la edificación de tantas fortalezas en sus tierras. A falta de recursos, Colón llegó a decretar que todo indio de más de 14 años de edad tenía que entregar una cierta cantidad de oro cada tres meses. Quien no lo hiciera se enfrentaba a una pena que consistía en cortarles la mano y dejarlos morir desangrados. El navegante se granjeó enemigos entre los indígenas americanos... y los españoles. A las repetidas rebeliones y alzamientos contra su gobierno, el navegante siempre respondió "con la misma barbarie que había mostrado con los indígenas". Tal y como explica Varela, hasta sus más allegados le calificaban como "tirano" tanto a Cristóbal como a sus hermanos, e impidieron por todos los medios posibles el bautismo de los indígenas para que estos pudieran ser vendidos como esclavos.

La amistad entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón fue una montaña rusa. Su trato no solo estuvo guiado por la cordialidad, sino que mantuvieron una relación estrecha que con el paso de los años terminaría deteriorándose. Desde un primer momento, la reina Isabel de Castilla mantuvo que los indios debían ser tratados correctamente pese a que el cultivado explorador consideraba que "con cincuenta hombres podría someter a todos ellos y obligarles a hacer todo lo que deseara". Esos pensamientos esclavistas de Colón deben ser contextualizados en su época. En Europa había un comercio muy importante de esclavos: los portugueses, sobre todo, se desplazaban hasta la costa africana para conseguir y vender mano de obra negra; y por otra parte, esta práctica estaba considerada legítima si se hacía en medio de una guerra justa —los cristianos capturando musulmanes, por ejemplo—. Y el descubridor, como buen hombre de su tiempo, atisbó en esas comunidades indígenas una fuente de riqueza. "Pero la reina Isabel se opone y hasta devuelve al Nuevo Mundo alguno de los barcos con nativos que había enviado Colón", detalla Eslava Galán.

La monarca mostró así unas dudas que terminarían germinando en la redacción de una legislación que buscaría proteger a los indios y devolverles su libertad —que culminaría en las Leyes Nuevas de 1542, ya con Carlos V en el trono—: "Nos querriámos informarnos de letrados, teólogos e canonistas si con buena conciencia se pueden vender estos. Y esto no se puede facer fasta que veamos las cartas que el Almirante nos escriba, para saber la causa porque los envía acá por cautivos", reflexionaba Isabel la Católica.

Cristóbal Colón pide permiso al príor de La Rábida para ir a descubrir América.

La época del almirante genovés como gobernador de La Española es cuanto menos polémica. De hecho, el controvertido Bartolomé de Las Casas calificó como "granjería" el comercio de esclavos de Colón. A este le daban igual las palabras de la reina, ya que pese a ser obligado a abandonar su proyecto de enviar hasta 4.000 esclavos a Europa a 1.500 maravedís la pieza, seguía capturando a los indígenas en el Nuevo Mundo: "Tenía determinado de cargar los navíos que viniesen de Castilla de esclavos y enviarlos a vender a las islas de Canarias y de las Azores y a las de Cabo Verde y dondequiera que bien se vendiesen", señaló de Las Casas sobre el almirante. "Lo que se dice de Colón en este caso es absolutamente cierto", valora Eslava Galán, llamando también la atención sobre las exageraciones del fraile dominico que ayudaron a conformar la leyenda negra. Y el historiador destaca un hecho importante en este debate: "A Colón ni siquiera en su época le dieron una gran importancia. Lo putearon porque había mentido a Fernando, a quien no podía ni ver, pero su figura se dispara a finales del siglo XIX, con la conmemoración del cuarto centenario del descubrimiento. Ahí es cuando se erigieron muchas de las estatuas que se vandalizan ahora. Fue la época de las grandes olas de inmigración desde Italia a Nueva York, y los italianos, que se sentían ciudadanos de segunda, valoraron mucho la figura de Colón, les dijeron a los estadounidenses: 'Todo esto lo tenéis gracias a que uno de los nuestros lo descubrió'".

Ante las noticias de desórdenes y la pésima gobernanza de los hermanos Colón, los Reyes Católicos decidieron enviar a La Española a un administrador real en 1500 para obtener un diagnóstico más profundo. "Nos habemos mandado al comendador Francisco de Bobadilla, llevador desta, que vos hable de nuestra parte algunas cosas quél dirá: rogamos vos que le deis fee e creencia y aquello pongáis en obra", le escribieron los reyes a Colón. El mensaje estaba claro: iba a ser destituido como virrey. El encuentro entre ambos se hizo de esperar. Colón no tenía ninguna intención de reunirse con él y no sería hasta un mes después de que Bobadilla llegara a La Española cuando el almirante entró en razón. Mientras tanto, a Bobadilla le dio tiempo, no sin encontrar resistencia, de conocer la administración de las colonias y de cómo el virrey había ejercido su poder de manera déspota e injusta, con presos sin siquiera haber tenido juicio alguno.

La estatua de Cristóbal Colón en Barcelona.

El informe, de 46 páginas y que recogía testimonios de 23 testigos, fue demoledor: Cristóbal Colón era un tirano, y se demostraba con hechos. Bajo su mandato se registraron subastas de personas en la plaza y se ejecutaron crueles castigos. A un chico que descubrieron robando trigo le cortaron las orejas y la nariz, le colocaron unos grilletes y le convirtieron en esclavo. A otra mujer que se atrevió a decir que el almirante era de clase baja y que su padre había sido tejedor, su hermano Bartolomé ordenó cortarle la lengua y pasearla desnuda por las calles a lomos de un burro. Cristóbal se mostró orgulloso de su prójimo por defender el honor familiar. Tanto el almirante como sus hermanos fueron detenidos y encadenados, y los metieron en un navío cuyo destino era Castilla. Apunta la investigadora Consuelo Varela que los enemigos de Colón acudieron al puerto y tocaron sus cuernos para que los recién apresados pudieran escuchar desde la lejanía la tierra que habían descubierto y que ahora abandonaban rumbo a la Península Ibérica por la fuerza. Sería indultado y aún emprendería dos viajes más hacia el Nuevo Mundo, pero en el último (1502- 1504), ya ni siquiera pudo pisar La Española: los Reyes Católicos se lo habían prohibido.

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A Stephen Hawking no le parecía nada bien eso de andar mandando señales alegremente al espacio exterior. Estaba convencido de que si algún día los extraterrestres visitaban la tierra serían hostiles. Aplicaba al encuentro con los alienígenas la conducta humana, mediante la que una inteligencia superior sometería a la inferior, poniendo como ejemplo el viaje más alucinante, y el mayor choque de civilizaciones que ha conocido hasta el momento el planeta, la conquista de América. El movimiento antirracista, antiesclavista e indigenista que anda purgando estatuas en el mundo occidental, viene precedido por el indigenismo latinoamericano. Un proyecto social y político que no reconoce las naciones americanas que «inventó el Renacimiento», como escribió Eduardo Galeano, y busca recuperar a los pueblos indígenas originarios. El pegamento de todos ellos son las ansias de represalia hacia unos cadáveres de españoles y portugueses de hace 500 años. El movimiento ha calado tan bien en la sociedad que, el año pasado, el presidente de México, López Obrador, trató de rentabilizarlo enviándole una carta a Felipe VI y otra al Papa exigiendo disculpas por aquello. Todavía insiste de vez en cuando.

Desde España, entre otras cosas, se le recordó su origen español y el de gran parte de una población que se tendría que pedir perdón a sí misma. Un problema menor en EEUU, donde Colón ni estuvo, y donde los conquistadores anglosajones se mezclaron poco con los nativos, según los historiadores, ya que preferían ejecutarlos directamente por su dificultad para considerar a los indios seres humanos.

'Homenaje del Nuevo Mundo a Cristóbal Colón', por José Santiago Garnelo.

El Día de Colón, que sobrevivía el 12 de octubre en Estados Unidos, ha pasado a llamarse Día de los Pueblos Indígenas en 130 ciudades de ocho estados del país. Antes ya se purgó en 2002 en la Venezuela de Chávez como Día de la Resistencia Indígena; en 2010 en Argentina, como Día del Respeto a la Diversidad Cultural, y en Bolivia, como Día de la Descolonización. Al mismo tiempo, en este siglo, también había resurgido una literatura de ensayo políticamente incorrecta sobre las conquistas española y portuguesa. Siete mitos de la conquista española del antropólogo Matthew Restall es un buen ejemplo de la primera. Mientras el periodista Leandro Narloch convirtió la incorrección en superventas con Guía políticamente incorrecta de la historia de Brasil.

En ella Narloch empieza narrando en medio folio la historia políticamente correcta, pero no de Brasil, sino de cualquier país latinoamericano, en la que solo hay que cambiar los espacios con una X por un país latinoamericano, y las Y por un país rico el hemisferio norte. En el resto, todo es igual. Empieza con un pueblo pacífico e igualitario con una economía de subsistencia que de repente se ve sometido por un imperio que lo explota. Luego se ven liberados por un hombre «de gran coraje, esperanza y bigote», que trata de «disminuir las contracciones inherentes al capitalismo». Pero al herir los intereses de la nueva élite del país X, con el apoyo del país Y se masacra a los rebeldes. Y remata: «En consecuencia de tantos siglos de opresión, X vive hoy graves problemas sociales y económicos».

Los días de mas crispación este pasado Verano, Narloch aprovechó el derribo de estatuas para promocionar en Twitter su última obra, Esclavos, digna de acabar un día de estos en cualquier fogata en EEUU. En ella se citan hasta 60 ejemplos, documentados con partidas de bautismo, testamentos y cartas de libertad del siglo XIX, recopilados por el historiador brasileño Joao José Reis, de esclavos que tuvieron esclavos mientras eran esclavos. «No hay motivos para que el movimiento negro se irrite con la divulgación de estas historias, porque muestran a los negros, no como seres pasivos, como los retrató la historiografía marxista, sino como protagonistas que cambian conforme a los valores de su tiempo», tuitea Narloch, quien recomienda sus obras para quien quiera «distanciarse de la caza de brujas, y dejar de ver la historia como un proceso de condena».

Narloch abunda en lo que Restall denominó «el mito del conquistador blanco», a los que la historia políticamente correcta convierte en una especie de superhéroe o X-Men. Y que se resume en que difícilmente un puñado de hombres, que llevan meses en un barco para llegar al lugar más desconocido del mundo; y que a veces eran recibidos por pueblos caníbales con flechas envenenadas tras las que morían entre «delirios» y «mordiéndose sus propias manos»; y que en múltiples de sus aventuras se alimentaban de «perros y reptiles» para no morir de hambre, difícilmente iban a conquistar a nadie con espadas y arcabuces. Por lo que la mayor parte de las operaciones militares españolas y portuguesas fueron llevadas a cabo por sus aliados indígenas, que siempre les superaron a razón de varios cientos a uno. Es razonable suponer que, si hubiese un mínimo de solidaridad étnica en México, la conquista habría sido imposible, concluye Restall.

Joao José Reis es uno de los historiadores más importantes de Brasil, considerado un referente mundial para el estudio de la historia y la esclavitud en el siglo XIX. Es escritor de varios libros, entre ellos "Una muerte es una fiesta" que le valió el Premio de Literatura Jabuti . Es licenciado en historia por la Universidad Católica de Salvador, tiene una maestría y un doctorado de la reconocida Universidad de Minnesota y varios postdoctorados, que incluyen la Universidad de Londres, el Centro de Estudios Avanzados en Ciencias del Comportamiento deUniversidad de Stanford y el Centro Nacional de Humanidades. También fue un profesor visitante en las siguientes universidades: Universidad de Michigan, la Universidad de Brandeis, Universidad de Princeton, la Universidad de Texas y la Universidad de Harvard. Actualmente es profesor titular en el departamento de historia de la Universidad Federal de Bahía .

Matthew Restall es un etnohistoriador y académico, profesor de historia de América Latina y antropología, británico. Ha sido director del centro de estudios latinoamericanos de la Universidad Estatal de Pensilvania. Es también coeditor de la revista especializada Ethnohistory journal.

La evangelización no fue más que una nacionalización encubierta de aliados, que debían quedar a cargo de las colonias, ante la imposibilidad de rellenar en 1492, con España habitada con la actual población de la ciudad de Madrid, una buena porción de la superficie terrestre. La esclavitud era tan habitual entre los propios indígenas que el padre Jerónimo Rodrígues dejó escrito en 1605 el temor de la tripulación a ser devorados por los indios si no aceptaban esclavos, no ya de tribus enemigas, sino «incluso de su propia familia», para conseguir a cambio ropas y herramientas. Historiadores brasileños llevan unos lustros desmontando a Zumbi, el mayor héroe negro de Brasil, cuya muerte en el siglo XVII se sigue celebrando en el país como el Día de la Conciencia Negra. La versión del siglo XXI, además de descubrir la ausencia de fuentes de la falsa del XX, documenta que mandó capturar esclavos para trabajos forzados, secuestraba mujeres, y ejecutaba al que trataba de huir del Quilombo dos Palmares, un territorio formado por esclavos negros fugitivos y sus descendientes.

Aunque se sigue repitiendo por los museos, el historiador americano Warren Dean desmontó, en un libro por el que ganó el Bolton-Johnson Prize en 1995, el mito del indígena como hippy protector de la naturaleza, al revelar que, de no ser por los jesuítas, los índios habrían acabado con la mata atlántica dos veces por siglo, por su costumbre de quemarla para cultivar y cazar. «Es un buen gesto de madurez admitir que algunos héroes de la nación eran unos granujas o, por lo menos, personas de su tiempo. Y que la historia no siempre es una fábula: no tiene una moral edificante al final, ni causas, ni consecuencias, ni villanos ni víctimas fácilmente reconocibles», apunta Narloch.

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Los historiadores saben casi todo de la esclavitud africana; donde fueron capturados, las condiciones en que viajaban, el nombre de sus dueños o cuantos morían en la travesía a América. Se sabe también que la malaria o la viruela traídas por los españoles fueron el principal motivo de mortandad entre los indígenas de América. O, al menos, eso es lo que se pensaba hasta la aparición de 'La otra esclavitud: la historia desconocida de la esclavitud de los indios en América (Houghton Mifflin Harcourt, 2016), El libro del profesor mexicano de la Universidad de California Andrés Reséndez, concluye que desde la llegada de Colon hasta fin de siglo XIX hubo entre 2'5 y 5 millones de esclavos y que fue uno de los principales motivos de muerte entre los indígenas del Caribe, que llegó a reducir su población hasta un 90 %.

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La ciudad de Los Ángeles tiene su origen y nombre en un pasado español. La fundó, el 4 de septiembre de 1781, un gobernador andaluz, Felipe de Neve. Para entonces, el marino genovés Cristóbal Colón llevaba la cifra redonda de 275 años muerto. El entonces concejal angelino Mitch O’Farrell encabezó el movimiento que pretendia demostrar que el hombre que llegó a América creyendo que eran las Indias fue un genocida. Fue el artífice en 2018 de que se retirase una estatua a tamaño natural del conquistador en un parque del centro de la ciudad que había sido instalada en 1973, entonces un regalo de una asociación de italianos del sur de California y hoy una “mancha de la historia”. ¿Fue este navegante el culpable del mayor genocidio de la historia?, como proclamó O’ Farrell tras el acto, al que acudieron más de un centenar de personas, entre ellas, descendientes de indios que daban gritos de alegría y tocaban sus tambores.

Los mayoría de los historiadores consultados niegan con rotundidad que Cristoforo Colombo pueda ser tildado de genocida. “Es una figura que hasta ahora no había sido contestada gracias a sus logros en la navegación, por colonizar un nuevo espacio y porque supuso una globalización”, dice Carlos Martínez Shaw, catedrático emérito de Historia Moderna de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) y miembro de la Real Academia de Historia. “Sin embargo, hay también un lado oscuro, porque las motivaciones principales de aquel proceso tenían que ver más con el ansia de hallar oro y especias. Los conquistadores se encontraron poblaciones a las que, a veces, destrozaron su vida y cultura, y hubo enfrentamientos con quienes tenían derecho a defenderse de unos intrusos”. No obstante, no se puede hablar de genocidio, porque “no hubo el deseo de exterminar una raza, entre otras razones porque se les necesitaba como mano de obra”, una cuestión que también apunta Pablo Emilio Pérez-Mallaína, catedrático de Historia de América en la Universidad de Sevilla y especialista en la colonización americana.

Precisamente desde el lado americano, Steve Hackel, profesor de Historia de la Universidad de California, apoya las reivindicaciones indígenas, pero la retirada de la estatua le genera “dudas importantes, porque se ha hecho casi en secreto y sin debate”. Para Hackel, Colón fue “una persona muy controvertida. No propuso ni practicó el genocidio de nativos, pero se le puede condenar por esclavizar a cientos de indios. En cualquier caso, no podemos culparle por las prácticas de los que siguieron sus pasos”. Para el colombiano Mario Jursich, editor y escritor, “está bien documentado que Colón no encabezó ningún genocidio. Los que cometieron desmanes y atrocidades contra los indígenas americanos fueron los que vinieron después de él, los colonizadores”.

O'Farrell se crió en Moore, Oklahoma, un suburbio al sur de la ciudad de Oklahoma. Primero se mudó a Los Ángeles, donde se convirtió en bailarín de cruceros viajando por el mundo y finalmente terminó trabajando como bailarín en un casino en las Bahamas. Eventualmente se mudó de regreso a Los Ángeles en la década de 1990, instalándose en Glassell Park.

Borja de Riquer, profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona, considera que calificar a Colón de genocida “es excesivo”. El almirante “fue un viajero, más que un gestor”, y la empresa de América fue “una conquista con todas sus características, en la que los conquistadores se apropian de todo, territorios y personas. Estas historias siempre son violentas”. Riquer suma una cuestión terminológica. “No hay que hablar tanto de descubrimiento como de conquista y sumisión de una población por una potencia extranjera”. Más contundente contra las autoridades angelinas se muestra el catedrático Santiago Muñoz Machado, miembro de la Real Academia Española, distinguido recientemente con el Premio Nacional de Historia por Hablamos la misma lengua, un libro sobre la expansión del español desde la conquista hasta la independencia de las colonias. “No hay nada de qué arrepentirse, ni motivo de condena. Es una agresión cultural retirar los monumentos que recuerdan a Colón”.

El momento en que era retirada la estatua de Colón del centro de los Ángeles.

En el lado opuesto se sitúa el historiador británico Roger Crowley, autor de El mar sin fin, Portugal y la forja del primer imperio global. Considera que cuando Colón pisó suelo americano el 12 de octubre de 1492, “abrió una era de asesinato masivo por parte de los conquistadores europeos”, por lo que “es el padre fundador del genocidio en el Nuevo Mundo”, aunque niega que hubiera intención de exterminio. En esa línea se mueve el historiador de la Autónoma de Barcelona Antonio Espino López, autor del libro La conquista de América: Una revisión crítica. “No se puede hablar de genocidio planificado, pero sí del inicio de grandes hecatombes en el continente americano”. Mientras que José Luis de Rojas, profesor de Antropología de América en la Complutense de Madrid, especialista en la conquista de México, aporta una razón vinculada a la propia vida del almirante. “Estuvo allí muy poco tiempo, se pasó embarcado media vida”. Además, “las cifras de muertos están muy exageradas. Mataron más las epidemias como la viruela, que los españoles”.

Visto el personaje, toca preguntarse si se puede revisar lo pasado con los ojos de hoy. Carmen Sanz Ayán, de la Academia de Historia, catedrática de Historia Moderna de la Complutense, asegura que este revisionismo histórico sobre Colón era “esperable”. “Es una corriente que procede desde hace tiempo de algunos departamentos de universidades americanas, aunque es curioso que venga de descendientes de comunidades que casi fueron exterminadas por otras civilizaciones”. Según Sanz, en esos ámbitos universitarios “se está dando peso a quienes quieren imponer interpretaciones unívocas desde el presentismo y en clara descontextualización. Esto es algo que va en contra de nuestra ciencia y los historiadores no nos lo podemos permitir”. En su opinión, este movimiento puede desembocar en “un peligro mayor, la construcción de lo nacional desde lo etnoculturalista". "Y en Europa ya sabemos lo que supuso esto”, advierte.

Carmen Sanz Ayán es Catedrática de Historia Moderna en la Universidad Complutense de Madrid, donde ha ejercido la docencia en el Departamento de Historia Moderna, desde 1989 como Profesora Titular y desde 2007 como Catedrática ambos puestos por concurso-oposición y Académica de Número de la Real Academia de la Historia. Fue Premio Extraordinario de licenciatura (1984) y Premio Extraordinario de Doctorado (1988). También fue finalista del Premio Nacional de Historia (1990) y Premio Ortega y Gasset de Ensayo y Humanidades (1993). En 2014 fue galardonada con el Premio Nacional de Historia por su estudio Los banqueros y la crisis de la monarquía hispánica de 1640.

Antonio Espino López es catedrático de Historia Moderna y autor de Plata y sangre. La conquista del Imperio inca y las guerras civiles del Perú.

Para Espino López, en cambio, “hay que revisar todos los imperialismos a fondo, no es solo una cuestión de la monarquía hispánica del siglo XVI. Todos han sido igual de negativos y han tratado de justificarse con que las poblaciones resultaron beneficiadas. Ese tipo de argumentación ya no se sostiene”.

Por el contrario, Pablo E. Pérez- Mallaína defiende que no se puede “calificar lo que pasó en el siglo XV con la moral y las leyes del siglo XXI. Todos los pueblos han sido dominadores y dominados. Los aztecas esclavizaban a sus enemigos, los sacrificaban y se comían su corazón”. Borja de Riquer coincide en que si se juzga con los criterios morales de hoy a personajes históricos del pasado, “se salvarían muy pocos”.

Pablo E. Pérez-Mallaina es Catedrático de Historia de América, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla. Pérez-Mallaína defiende que “la colonización española no fue de las peores, porque estuvo muy pegada a la religión católica y los conquistadores tenían cierto cargo de conciencia; algo que no ocurrió entre los ingleses”.

Fueron políticos de ascendencia italiana los que, a finales del siglo XIX, “implantaron el Columbus Day” en numerosas ciudades de Estados Unidos, señala Consuelo Varela, historiadora que ha escrito más de una treintena de libros relacionados con el descubrimiento y sobre el almirante, como Cristóbal Colón. Textos y documentos completos (Alianza, 1982). Los movimientos indigenistas llevan años protestando contra esta efeméride que, desde 1937, se celebra el segundo lunes de octubre. En Los Ángeles, estos grupos, encabezados por el concejal Mitch O’Farrell, descendiente de una tribu de Oklahoma, forzaron el año pasado a cambiar esta fiesta por el Día de los Pueblos Indígenas, Aborígenes y Nativos. Su último logro ha sido la retirada de la estatua de Colón de un parque del centro de la ciudad estadounidense.

Martínez Shaw advierte de que la historia “permite distintas interpretaciones incluso de un hecho verificado y comprobado”. A Colón hay que “valorarlo desde la historia universal, más que desde el sometimiento que hubo. Yo prefiero no tocar esas cuestiones por su gran significado, aunque entiendo que haya quien quiera hacerlo”. El profesor De Rojas remacha que “hay reconocer lo que pasó para que no vuelva a suceder, como está ocurriendo en África Central. Lo único que podemos hacer es asumir nuestro pasado, aunque no seamos los responsables”.

Borja de Riquer i Permanyer es un historiador español y profesor Honorario del Departamento de Historia Moderna y Contemporánea de la Universidad Autónoma de Barcelona. Es hijo del también historiador Martín de Riquer. Ha escrito tanto en castellano como en catalán.

En el debate recurrente entre quienes fueron los malos o los peores, “la conquista de América no fue muy distinta de las que hicieron los británicos, los holandeses o los mismos romanos”, apunta De Riquer. “El colonizador nunca es bueno, pero si comparamos la huella de los españoles en Hispanoamérica con lo que hicieron los ingleses en Estados Unidos o los portugueses, en Brasil…”, apunta Consuelo Varela, doctora en Historia de América e investigadora de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos del CSIC, que además pone este ejemplo: “España fundó la universidad en Perú en el siglo XVI [Lima, 1551]; mientras que los ingleses fundaron Harvard en 1636 y en Brasil no la hubo hasta principios del XX, cuando ya era independiente”.

Consuelo Varela Bueno (Granada, 9 de diciembre de 1945) es una historiadora española experta en temas americanos y en Cristóbal Colón.

Roger Crowley es un historiador y autor británico conocido por sus libros sobre historia marítima y mediterránea.

Carlos Martínez Shaw es un historiador español, Catedrático emérito, especializado en Historia Moderna, y académico de la Real Academia de Historia.

El británico Roger Crowley arrima el ascua a su país, reconociendo que toda colonización implica “violencia, saqueo y opresión”, pero que “el dominio de los belgas en el Congo fue peor que el del Imperio británico en India”. Hablamos del tema en los destacados de junio de 2020. A modo de conclusiones, José Luis de Rojas, profesor de Antropología de América, señala el motivo real por el que Colón acabó el pasado sábado tumbado en un camión: “Lo han quitado por lo que representa, más que por lo que realmente hizo”. Mientras que Jursich lamenta que “nada se gana con ocultar los hechos problemáticos del pasado eliminándolos de la vista pública”.

Mario Jursich Durán es un periodista cultural, poeta, escritor y traductor colombiano. Es director y miembro fundador de la revista El Malpensante de Bogotá. También ha sido presentador de televisión. Tradujo obras de Alessandro Baricco, Rubem Fonseca y Gesualdo Bufalino.

El imperio comercial portugués asombra al mundo desde hace siglos. El pequeño país situado en el extremo más occidental de Europa consiguió una de las gestas marítimas y logísticas más impresionantes de todos los tiempos cuando consiguieron alcanzar territorio de la India tras circunnavegar el continente africano. Vasco da Gama, Cabral o de Alburquerque fueron los protagonistas sobre el terreno, pero fue en Lisboa, en la mesiánica mente del rey Manuel donde comenzó esta historia.

Especializado en historia naval, se formó en la prestigiosa Universidad de Cambridge. Roger Crowley ha publicado varios libros centrados, sobre todo, en la Historia Moderna. Su obra ha merecido una amplia consideración debido a su precisión, rigor y su capacidad divulgativa.

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La muerte del afroamericano George Floyd el 25 de mayo, en Minneapolis, después de que un policía blanco le presionó el cuello con su rodilla durante casi nueve minutos, fue como el chorro de gasolina que cae sobre el incendio siempre latente. El vídeo de esa fechoría policial, que hizo oídos sordos al suspiro de Floyd del “no puedo respirar”, corrió como un fuego desbocado por toda la geografía de Estados Unidos y más allá. Black Lives Matter (BLM), que arrancó en 2013, llevaba unos años en estado de hibernación. Aunque estaba ahí, había quedado arrinconado. Alicia Garza, una de sus fundadoras, atribuye la expansión global de este movimiento a dos cataclismos: el presidente de Estados Unidos y su administración abiertamente racista, por un lado, y el coronavirus, lo que ha hecho que la gente estuviera más tiempo en casa en época de confinamiento y pasaban más tiempo ante las pantallas cuando se produjo la muerte Floyd ante las cámaras, por el otro.

Según Garza, Black Lives Matter es ahora el músculo de la memoria para muchos, que se activó al ver cómo Floyd moría públicamente cuando se encontraba bajo custodia policial. Las calles de las ciudades de Estados Unidos se llenaron de manifestantes reclamando justicia y una reforma de un sistema cargado de prejuicios, heredados de la época de la esclavitud. Alicia Garza, californiana de 39 años, hija de padre judío y madre afroamericana, ha publicado este 2020 el libro The purpose of power (el propósito del poder). Esta obra autobiográfica es “la historia de una activista que se desmorona y se levanta de nuevo muchas veces”, escribe en la introducción. “No es la historia de Black Lives Matter, pero es una historia en la que va incluida, que intenta ayudar a dar sentido no solo de donde viene, sino también de sus posibilidades, de este movimiento y otros como éste, para nuestro futuro colectivo”, remarca.

Sostiene que ella no quiere ser la imagen de nada, que su interés consiste en introducir un cambio. Pese a ese deseo, su nombre va asociado a BLM porque forma parte de su nacimiento. El origen de Black Lives Matter como colectivo se halla más en una acción de colaboración más que en la gloria individual. Pero Garza juega un papel protagonista. Su creación se remonta a 2013, cuando George Zimmerman, que se atribuyó el papel de policía en una comunidad de Florida, fue absuelto de la muerte del adolescente negro Trayvon Martin, que iba desarmado. A Zimmerman, rifle en mano, le pareció sospechoso porque llevaba puesta la capucha de la sudadera.

Alicia Garza en un acto público en Nueva York el pasado mes de febrero.

Aquel caso toca la fibra a muchos. Garza escribió un post en Facebook que tituló “una carta de amor a los negros”. Su amiga Patrisse Cullors compartió ese texto con la etiqueta #BlackLivesMatter. Otra amiga, Opal Tometi, diseñó la web de BLM y su plataforma en las redes sociales. Los inicios no fueron fáciles. En Ferguson (Misuri), en el verano de 2014, tras la muerte del joven Michael Brown al interactuar con el policía blanco Darren Wilson, y posteriormente en otoño de ese mismo año, cuando el agente fue absuelto, BLM alcanzó un gran protagonismo. Este movimiento empezó a ser más que conocido.

Han tenido que pasar siete años desde el origen para que este nombre se haya transformado en una marca global que ha cambiado el lenguaje y el panorama. Pero citar este movimiento parecía algo peligroso. Las semanas posteriores al fallecimiento de Floyd, incluso las grandes empresas se posicionaron a su favor y realizaron sustanciosas donaciones. El aprecio entre los ciudadanos subió como la espuma. Aunque los posteriores ataques de Trump aminoraron, las cuotas de apoyo siguen muy altas. Su nombre en grandes letras se ha pintado en la calle que conduce a la Casa Blanca.

Las activistas Alicia Garza, Opal Tometi y Patrisse Cullors están detrás del hashtag #BlackLivesMatter.

Garza expone la evolución de esa criatura de la que ella es en parte responsable. En el verano de 2016, nadie habló explícitamente de Black Lives Matter en la convención demócrata de Filadelfia. Su nombre parecía una amenaza. Este 2020 no transcurren cinco minutos de una conversación sin que se cite su nombre, sostiene. Una de sus demandas, retirar fondos a las policías locales, se ha convertido en tema de debate a nivel nacional. “Al principio luchábamos para que la gente dijera Black Lives Matter, ahora lo dice todo el mundo”, recalcó Garza en una entrevista con National Geographic. Se siente esperanzada porque ahora este movimiento ha entrado a formar parte de “la conversación global”. Ha traspasado fronteras.

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Nacido en una humilde granja de Kentucky, Abraham Lincoln, el decimosexto presidente de Estados Unidos fue asesinado tras reprimir la secesión del Sur en el curso de una sangrienta guerra y promover la abolición de la esclavitud.

En Washington D. C. se alza el Memorial de Lincoln, edificio de estilo clásico que alberga esta gigantesca imagen de Lincoln, de casi 6 m de altura, obra de Daniel Chester French. 1920.

Ilustración de Abraham Lincoln durante un discurso.

Las dos cámaras del Congreso de Estados Unidos se hallan aquí: la de Representantes y el Senado. En 1860, los diputados del Sur las abandonaron.

En Gettysburg, el general Robert E. Lee, comandante en jefe del Sur, quiso asestar un golpe decisivo a la Unión. Pero la batalla, del 1 al 3 de julio de 1863, se saldó con una completa y decisiva victoria de la Unión.

Booth dispara contra Lincoln. El mayor Henry Rathbone, invitado al teatro junto con su novia por Lincoln, se abalanza sobre el magnicida, que lo apuñala.

Lincoln, agonizante, es trasladado a la pensión Petersen, enfrente del teatro. Allí entra en coma, y expira a la 7:22 de la mañana siguiente.

"Una casa dividida contra sí misma no puede seguir en pie. Creo que este gobierno no puede continuar, de forma permanente, mitad esclavo y mitad libre". Estas palabras de Abraham Lincoln debieron de causar un profundo impacto en su audiencia. La parábola de la casa dividida que se derrumba aparece en tres de los cuatro Evangelios, y Lincoln se dirigía a un grupo de protestantes del Medio Oeste americano a quienes el texto bíblico les resultaba muy familiar. Pero Lincoln no estaba glosando la Biblia. Sus palabras formaban parte del discurso en el que aceptaba su nombramiento por el partido Republicano como candidato a senador por el Estado de Illinois en las elecciones de 1858. Uno de los dos senadores que correspondían a Illinois en el Senado, Stephen A. Douglas, se presentaba a la reelección por el partido Demócrata, y los republicanos nombraron candidato a Lincoln. Durante la campaña, Lincoln y Douglas se enfrentaron en unos debates que se hicieron famosos, pero que no consiguieron que Lincoln fuera designado senador. Sin embargo, no se desanimó. A pesar de su fracaso siguió actuando como portavoz del partido Republicano en el Estado de Illinois: confesaba ser de los que "contemplan la esclavitud como un mal moral, social y político", y mantenía que tanto para él como para su partido "la esclavitud es un mal y hay que tratarlo como un mal, con la idea clara de que debe acabar y de que acabará".

El tema de la esclavitud era el más candente en aquellos años, porque el país estaba creciendo hacia el Oeste, donde se formaban nuevos Estados. Ya se habían creado nueve cuando en 1820 Missouri pidió ingresar en la Unión como Estado esclavista, lo que creaba un problema: si se le admitía, se rompería el equilibrio existente en el Senado federal, que en aquel momento tenía el mismo número de senadores de uno y otro lado: esclavistas y contrarios a la esclavitud.

El equilibrio era importante porque todas las leyes federales tenían que ser aprobadas por las dos cámaras del Congreso, y mientras en el Senado se mantuviera la igualdad ningún bando podía prevalecer sobre el otro. Se produjo entonces el llamado "compromiso de Missouri", por el que se aceptaba a Missouri como Estado esclavista y a Maine como Estado libre, y se trazaba una línea que seguía el paralelo 36º 30’, al norte de la cual la esclavitud quedaba prohibida. La paz duró poco porque los plantadores necesitaban nuevas tierras con las que saciar el hambre de algodón de las fábricas inglesas. Se produjeron nuevos compromisos hasta que en 1853 el Congreso federal creyó resolver el problema para siempre con la ley Kansas-Nebraska, que dejaba en manos de la soberanía popular la decisión de si un nuevo Estado sería esclavista o no. Una vez poblado un territorio, y cuando sus habitantes redactaran la Constitución para convertirse en Estado, decidirían por qué lado se inclinaban. La ley no satisfizo a nadie: el Sur se sintió perjudicado porque no aceptaba que alguien pudiera trasladarse a cualquier territorio con su bien más valioso, los esclavos, y despertarse un día descubriendo que ya no era su propietario. El Norte, por su parte, se sintió ofendido porque esos territorios ya eran no esclavistas según el compromiso de Missouri.

Maine y el pueblo de Stratton en otoño.

Maine recibe su nombre de la provincia francesa de Maine. Parte de la frontera septentrional viene definida por el río San Juan, el río Sainte-Croix constituye parte de la frontera oriental, y el río Salmon Falls, el límite suroccidental. Sus principales ciudades son Augusta (la capital), Portland, Lewiston, Bangor, Auburn y South Portland. Luisiana y Maine son los únicos estados de los EE. UU. con fuerte tradición y presencia francófona.

Costa de Maine cerca del parque nacional Acadia.

El 28 de febrero de 1854, un grupo de norteños opuestos a la ley Kansas-Nebraska fundó el partido Republicano, que creció rápidamente. Ese mismo verano ya presentaba candidatos al Congreso, y en 1856 presentó su primer candidato a la presidencia. Cuando se acercaban las elecciones presidenciales de 1860, Lincoln creía tener pocas posibilidades de que el partido Republicano lo nombrara candidato, porque nunca había ocupado un cargo político importante, no tenía experiencia de gobierno y carecía de los contactos apropiados en la política y la prensa.

No se desanimó, sino que hizo publicar sus debates de dos años antes con Douglas, lo que hizo que le invitaran a hablar en Nueva York. El éxito de sus discursos, ampliados por la prensa, hizo que le invitaran en otros Estados del Noroeste, y que se pensara en él como posible candidato a la presidencia, nombramiento que se produjo en mayo de 1860. El partido Demócrata, dividido, presentó un candidato en el Norte y otro en el Sur. Aún hubo un cuarto candidato, de un partido minoritario.

En aquella época, los candidatos no hacían campaña electoral. De esta tarea se ocupaban los miembros locales del partido. Los republicanos consiguieron que Lincoln fuera conocido y que el país se sintiera atraído por este personaje misterioso, de mirada triste, de pocas palabras, pero con un curioso sentido del humor, de caminar patoso –tenía los pies planos–, desproporcionadamente alto (medía 193 centímetros) y que parecía serlo aún más porque solía llevar sombrero de copa. Se publicaron anécdotas de su vida que lo presentaban como un leñador que había trabajado en la construcción del ferrocarril, que apenas fue a la escuela, pero que había estudiado por su propia cuenta hasta convertirse en un próspero abogado. Y a quien sus clientes y amigos, abreviando su nombre de pila, llamaban "el honesto Abe" en alusión a su proverbial honradez.

El partido no hizo campaña en el Sur, pero se movió mucho en el Norte, donde miles de discursos, editoriales de periódico, carteles y folletos defendían a sus candidatos a los diversos cargos y presentaban a Lincoln como un hombre que se había hecho a sí mismo, como el típico hombre de frontera, de esa franja de terreno entre la civilización y el desconocido mundo de los indios. Se resaltó el valor del trabajo de los hombres libres, por el que el hijo de un simple granjero –como Lincoln– podía, con su esfuerzo, llegar a la suprema magistratura del país. Sus enemigos, en cambio, preveían toda clase de desgracias si Lincoln era elegido, llegando a decir que al día siguiente de su elección el Norte se llenaría de ex esclavos que intentarían arrebatar a los blancos su puesto de trabajo.

Lincoln fue elegido el 6 de noviembre de 1860, y antes de que tomara posesión de su cargo, el 4 de marzo de 1861, siete Estados del Sur habían abandonado la federación. En su discurso inaugural, Lincoln habló directamente a los Estados secesionistas: "En vuestras manos, mis descontentos compatriotas, y no en las mías, está el importante tema de la guerra civil. El gobierno no os atacará. No puede haber conflicto sin que vosotros seáis los agresores". En el mismo discurso dejó bien clara su posición con respecto a la esclavitud en el Sur: "No me propongo, ni directa ni indirectamente, interferir en la institución de la esclavitud en los Estados en los que existe. No creo tener potestad legal para hacerlo, ni deseo hacerlo".

Abandonar la federación no era fácil: el gobierno federal tenía instalaciones militares en los diferentes Estados, y una de ellas, Fort Sumter, estaba en una isla enfrente de la ciudad de Charleston, en la secesionista Carolina del Sur. Las autoridades del Estado pidieron al comandante del fuerte que lo entregara, y al negarse éste, dispararon sus cañones contra el recinto. Tal como Lincoln había prometido, el primer disparo partió del Sur. Lincoln había hecho todo lo posible por evitar la guerra, pero el Sur estaba demasiado preocupado por su futuro, y demasiado convencido de su superioridad militar: no sólo eran sureños la mayoría de los militares, sino que la suya sería una guerra puramente defensiva y para ganarla no necesitaban conquistar el Norte: bastaba con impedir que el Norte les conquistara. Confiaban, además (y en esto se equivocaron), en que una Europa necesitada de algodón se pondría de su parte. Para los sureños aquella fue una "guerra entre los Estados" –y aún hoy la llaman así–. Los del Norte, en cambio, la vieron como una verdadera "guerra civil" y siguen llamando de esta forma a la contienda que los europeos siempre hemos denominado "guerra de secesión".

Excepto por unos pocos días, la presidencia de Lincoln fue militar, porque el presidente de Estados Unidos es el comandante supremo de las fuerzas armadas. Naturalmente, el día a día de la guerra competía a los militares, aunque Lincoln visitaba el frente con frecuencia. Fue al dedicar un campo de batalla como memorial de guerra cuando pronunció su famosa Oración de Gettysburg, a la que pertenecen las palabras de Lincoln citadas con más frecuencia: "Que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparezca de la tierra". En su primer mensaje al Congreso, en 1861, Lincoln resumió así su pensamiento económico: "El trabajo es anterior, e independiente, del capital. El capital es sólo el fruto del trabajo, y nunca podría haber existido si el trabajo no hubiera existido antes. El trabajo es superior al capital, y merece un mayor aprecio". Con estas ideas era lógico que quisiera liberar a los esclavos. Pero, ¿podía hacerlo? Con grandes dudas sobre si su acción era legal o no y fiándose sólo de su conciencia, el 1 de enero de 1863 emitió la Proclamación de Emancipación, por la que, como comandante en jefe, abolía la esclavitud en los territorios sujetos a jurisdicción militar. Dos años más tarde, la 13ª enmienda de la Constitución la abolió en todo el país.

En abril de 1865, cuando terminaba la guerra, un fanático sureño asesinó a Lincoln, y eso fue lo peor que podía ocurrirle al Sur. Lincoln era partidario de readmitir a los Estados sin condiciones, mientras que otros políticos del Norte querían castigar al Sur por su rebelión. El sucesor de Lincoln, Andrew Johnson, intentó aplicar sus ideas, pero carecía de su prestigio y habilidad, y aunque mitigó los deseos de venganza de algunos norteños no pudo evitar desmanes en los años posteriores a la contienda. Durante más de cien años, el Sur se ha estado quejando de las ofensas, reales o imaginarias, recibidas durante ese período.

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