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23 - Mayo - 2021
>>>> Ser humano > Segregación XXIV

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Hoy hace un año que los ciudadanos de Estados Unidos luchaban contra el momento más crítico de la pandemia. Desaparecían seres queridos, cerraron las escuelas, se perdieron millones de trabajos, se impuso la soledad del confinamiento. Y, de repente, se propagó el vídeo de Darnella. A Floyd se le reconoció en su muerte como símbolo universal de la necesidad de reformar la policía y se le aceptó como heroico hombre común. Su caso ha evidenciado aún más la división del país. Están los que piden retirar fondos a los cuerpos policiales y establecer pautas de conducta contra la brutalidad racista de los uniformados. Enfrente, con el trumpismo liderando, los del lema “las vidas azules importan”, por los uniformes. A estos les parece que el movimiento Black Lives Matter expresa el radicalismo marxista

Las grandes empresas han acelerado la contratación de “jefes de la oficina de diversidad”. Este cargo aumentó un 104% del 2015 al 2020, mientras que los departamentos de policía tienen dificultades para reclutar a agentes. A la hora de este aniversario, una encuesta de Axios-Ipsos, publicada este sábado, señala que cerca de siete de cada diez negros estadounidenses aseguran que el trato de la policía ha empeorado en este año. Prácticamente el mismo porcentaje cree que los tiroteos de la policía contra jóvenes de las minorías han ido también a terreno más negativo. En otro sondeo, este de NPR-PBS-Marist, solo un 17% de los estadounidenses piensa que las relaciones entre etnias es mejor ahora que hace doce meses. El grupo de trabajo del Consejo de Justicia Criminal, compuesto por agentes de seguridad y líderes civiles, recomendó recientemente que el énfasis al formar policía se ponga más en técnicas de desescalada de conflictos que en el uso de la fuerza. Realizaron una llamada para que el Gobierno federal desarrolle unos criterios nacionales. Estos estándares se supone que se integrarían en la gran reforma legislativa sobre la policía a la que apeló el presidente Joe Biden durante su discurso en el Congreso del pasado mes. Quería que la llamada “ley George Floyd” estuviera el martes sobre su mesa para la firma. No podrá ser. Los defensores de esta iniciativa, como el reverendo Al Sharpton, disculpan la demora. “Prefiero una ley con dientes aunque con retraso –dijo Sharpton– que una puntual pero desdentada”. A falta de documento para rubricar, Biden tiene previsto invitar este martes a la Casa Blanca a miembros de la familia Floyd. A mayor gloria de George, nadie en la vida y mito en la eternidad.

“Tengo mis defectos y mis imperfecciones y no soy mejor que nadie”, confesó George Floyd en un vídeo que grabó destinado a los jóvenes de su vecindario, en Houston (Texas), donde se crio. “Pero estos tiroteos que están ocurriendo, no me importa de qué barrio eres, dónde estás. Te quiero y que Dios te bendiga. Y baja las armas”.

Floyd era en esa época una voz respetada a la hora de hablar de su dura aunque escasamente extraordinaria experiencia. Había sido un deportista prometedor –fútbol americano y baloncesto– durante su etapa estudiantil. Soñó incluso con llegar a ser profesional. Pero cometió errores, cumplió casi cinco años de cárcel. El destino le hizo mudarse a Minneapolis. Los nueve minutos y 29 segundos captados por la adolescente Darnella Frazier con su teléfono móvil, en aquel atardecer del 25 de mayo del 2020 fueron la despedida. Al año de la muerte de Floyd bajo la rodilla del agente Chauvin, el Congreso no consigue cerrar la reforma legislativa sobre la policía.

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En 2019 fue encontrado el sable que perteneció al coronel Robert Gould Shaw, el oficial al mando del primer regimiento formado –casi en su totalidad– por afroamericanos de la historia de los USA y que combatían en el bando de la Unión. Aquel regimiento era el 54.º Regimiento de Infantería de Voluntarios de Massachusetts, que entró en la guerra en 1863. El sable, forjado en Inglaterra, había sido robado tras la muerte de Shaw durante el avance sobre Fort Wagner, Carolina del Sur en 1863. Apareciendo recientemente, 150 años después, en el ático de una casa en la zona de Boston.

Robert Gould Shaw en mayo de 1863.

La batalla fue retratada en la película ganadora del Oscar en 1989 “Glory” (conocida como Tiempos de gloria o Gloria) dirigida por Edward Zwick y protagonizada por Matthew Broderick (en el papel de este coronel), Denzel Washington, Cary Elwes y Morgan Freeman. El paradero del arma fue uno de los grandes misterios de la guerra. Tras la muerte de Shaw, su cuerpo fue despojado de ropa y pertenencias por soldados confederados. La espada fue entregada a los padres del coronel Shaw por un oficial confederado poco después de que terminara la guerra. Shaw no tenía hijos propios, por lo que la espada terminó en manos de su hermana, Susanna Minturn.

Se cree que Minturn se lo regaló a su nieto cuando era un adolescente y sus bisnietos fueron los que la encontraron a finales del año 2016 mientras limpiaban el ático de la casa familiar. Sería sobre mayo del 2017 cuando esta familia entregó el sable a la Sociedad Histórica, la misma sociedad a la que habían donado la espada que Shaw llevó cuando él sirvió en el 2do regimiento de Massachusetts antes de que le dieran el comando del 54.

Tras varias comprobaciones e investigaciones descubrieron, además de las iniciales RGS, que el número de serie de la espada coincidía con los registros del espadachín inglés Henry Wilkinson.

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50 años despues, las fotos policiales de los Viajeros por la Libertad.

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Falcon and the Winter Soldier, la serie del Universo Marvel, retoma unos de los conflictos más interesantes y controvertidos en la historia de los cómics de Marvel, pues como señala el autor Richard Newby para The Hollywood Reporter, la trama de la serie hará eco de lo sucedido en Truth: Red, White & Black, donde se revela que Steve Rogers no fue el primer super soldado. Esto último se debe al Proyecto Renacimiento, llevado a cabo por Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, el cual experimentó con 300 soldados negros buscando crear la fórmula que diera vida a un super soldado. El único hombre capaz de resistir las pruebas sería Isaiah Bradley, quien se convertiría en el arma del gobierno pero sin recibir la gloría que obtuvo Steve Rogers, al grado que después de cumplir con sus tareas, fue metido a prisión durante 17 años por “robar” el traje del Capitán América, lugar donde fue esterilizado y se le negaron los tratamientos médicos requeridos por los efectos secundarios, causados por la fórmula que le brindó superpoderes, lo que le dejó con las capacidades mentales de un niño.

Con esto, la historia escrita por Robert Morales e ilustrada por Kyle Baker demostraba que el gobierno estadounidense y los nazis tenían más en común de lo que creían, pues ambos sistemas estaban fundamentados en el control de clases que beneficia a las personas de tez blanca. La brutalidad de este relato inspirado en los hechos reales que involucraron al experimento Tuskegee, cortó de lleno el desenvolvimiento profesional de Robert Morales en Marvel, y a pesar de ser nombrado en algunas ocasiones posteriores, desde 2005 no se había mencionado nada de Isaiah Bradley.

Por lo menos hasta el citado episodio de Falcon and the Winter Soldier, donde Bucky Barnes (Sebastian Stan) le revela a Sam Wilson (Anthony Mackie) algo que siempre le ocultó a Steve Rogers: Estados Unidos tenía otro super soldado que usaron durante la Guerra de Corea, el mismísimo Isaiah Bradley (interpretado por Carl Lumbly). Esta revelación le hace preguntarse a Sam: ¿cómo representar a un país que nunca ha protegido a los/as tuyas/os? Demostrando que los conflictos raciales existen inclusive en el mundo superheroico. Cuando John Walker (Wyatt Russell) confronta a Falcon hacia el final del episodio, le menciona que Capitán América no puede representar lo mismo que antes, y tiene razón, no se puede predicar sobre la libertad o la salvación del mundo, cuando la misma se ha fundamento en el sufrimiento de las personas de tez negra. Como señala el autor del artículo, esta es la razón por la que John Walker fallará como sucesor de Steve Rogers, y el porque Sam Wilson saldrá exitoso redefiniendo legado del Capitán America, fungiendo como figura que vele por la seguridad de todas las personas sin importar su color de piel.

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El 14 de marzo de 1891, en Nueva Orleans (Luisiana), "varios miles de los ciudadanos más respetables, mejores y más respetuosos con la ley" asaltaron la cárcel local y mataron a once inmigrantes italianos allí recluidos. La mayoría de las víctimas eran sicilianas: tres de ellas habían optado por conservar la nacionalidad italiana, mientras que otras ocho habían obtenido la nacionalidad estadounidense. Las motivaciones políticas y económicas estuvieron en el origen de lo que se define como el episodio más grave de linchamiento contra italianos en Estados Unidos, y uno de los más sangrientos de la historia estadounidense. Los italianos de la llamada "gran emigración" (desde 1861 hasta principios del siglo XX) habían ocupado barrios enteros de las ciudades estadounidenses y su presencia era percibida por las autoridades y la prensa como un lastre indeseable, fuente de delincuencia, vicio y suciedad. Sin embargo, el motivo que desencadenó la ira de los habitantes de Nueva Orleans y les llevó a la masacre fue la absolución de la mayoría de los once hombres juzgados por el asesinato del jefe de policía de Nueva Orleans, David C. Hennessy, el 15 de octubre del año anterior. Como escribió el pionero de los estudios italoamericanos, Richard Gambino, hace más de cuarenta años: "Para los italoamericanos, el linchamiento de Nueva Orleans fue a la vez un medio de limitar su afirmación, su participación y sus posibilidades dentro de la comunidad estadounidense de la época".

Ilustración aparecida en el periódico "The Mascot" en 1890: representa el asesinato del jefe de policía David Hennessy, retratado en la esquina superior izquierda.

Unos meses antes de la masacre, el 16 de octubre de 1890, el jefe de la policía metropolitana de Nueva Orleans, David Hennessy, un irlandés de 33 años, se vio envuelto en una lluvia de disparos cuando regresaba a su casa desde una taberna. Herido en el abdomen, fue trasladado al hospital y, bajo los efectos de la morfina, dijo a los médicos: "Me tiraron, pero me defendí. Hice lo que pude". Unas horas antes de morir, el policía encontraría fuerzas para susurrar a su amigo Bill O'Connor un importante detalle sobre los presuntos asaltantes: "Dagos". Ese susurro desencadenó una redada que provocó cientos de detenciones en la comunidad siciliana de Nueva Orleans de la noche a la mañana. La xenofobia contra los italianos en Estados Unidos a finales del siglo XIX había creado infinidad de caricaturas y apodos infames para los inmigrantes, en su mayoría procedentes de las regiones del sur. Eran "medio negros" que, en una hipotética escala racial, estaban un escalón por encima de los individuos de piel oscura. Pero el epíteto más común contra ellos era dagos. El término dago indicaba, de hecho, el apuñalador y probablemente derivaba de dagger (puñal), o según otros se refería a la expresión "they go", es decir "[finalmente] van".

Cinco víctimas del linchamiento de Nueva Orleans, previamente acusadas del asesinato de Hennessy. En la parte inferior se lee: "Presuntos líderes y brazos armados de la mafia". Grabado de un periódico de la época. 1891.

Pero también hay quienes derivan la expresión del típico nombre latino Diego. En Nueva Orleans, el policía Hennessy tenía sin duda algo que ver con los dagoes: había detenido a un bandido siciliano y se había ganado su nombramiento como jefe de policía en una ciudad corrupta. En aquella época, dos bandas italoamericanas -los Provenza y los Matrangas- se disputaban el control del puerto de Nueva Orleans, y se decía que el jefe de policía se ponía del lado de una u otra dependiendo de quién le pagara más. Además, la mañana en que encontró la muerte, Hennessy iba a testificar en el juicio por la herida del hijo de Charles Matranga. Muchos afirmaron que el policía estaba "en la nómina" de los Provenza.

Tras el asesinato de Hennessy, la colonia italiana de Nueva Orleans (30 mil miembros de una ciudad de más de 242 mil habitantes) se vio sumida en la confusión con cientos de detenciones indiscriminadas basadas en información obtenida bajo malos tratos. Se rumoreaba que para acabar con la llamada "mano negra", una organización mafiosa dedicada a la extorsión a la que se decía que estaban afiliados los presuntos asesinos de Hennessy, el alcalde de la ciudad Joseph Ansoetegui Shakspeare había creado un comité secreto de vigilancia con intenciones bélicas. El juicio se desarrolló en un ambiente caldeado y condujo, el 13 de marzo de 1891, a la absolución, o a la imposibilidad de juicio, de los diecinueve acusados del asesinato del jefe de policía por falta de pruebas. Los fuegos artificiales iluminaron la noche en la pequeña Palermo, mientras ondeaban decenas de tricolores.

Caricatura satírica publicada en la revista americana Puck el 25 de marzo de 1891. La inscripción dice: "Por encima de todo. Los jurados cobardes son la primera causa del gobierno de la mafia".

La respuesta de los sesenta y un ciudadanos más influyentes de Nueva Orleans no se hizo esperar. En un llamamiento público en la prensa, se invitó a "todos los buenos ciudadanos" a reunirse el 14 de marzo por la mañana, a las diez, "frente a la estatua de Clay, para tomar medidas para remediar el fracaso de la justicia en el caso Hennessy". Estos creían, de hecho, que la "secta mafiosa" a la que pertenecían los acusados había corrompido al jurado. Con la cabeza gacha y los rifles Winchester en los brazos, la comitiva se dirigió a la prisión local, cuya puerta fue descerrajada y a partir de ese momento comenzó la "caza del italiano", celda por celda. Al parecer, el director, incapaz ya de defender su propia prisión, permitió que los diecinueve italianos exonerados que esperaban ser liberados se dispersaran por el edificio en busca de un escondite, y parece que les sugirió que entraran en la sección de mujeres. Once de ellos fueron encontrados y ejecutados de las formas más bárbaras. Seis de ellos, en un intento de escapar, se colaron en el patio, pero fueron sorprendidos por el escuadrón de la muerte, que disparó desde una distancia de seis metros, desgarrando sus cuerpos. Uno de ellos aún respiraba cuando un disparo a bocajarro le arrancó parte del cráneo. Otro, todavía en estado de semiinconsciencia, fue arrastrado fuera de la prisión y caminó por encima de las cabezas de la multitud durante varias manzanas, tras lo cual fue colgado de una farola y acribillado con plomo.

Según la inscripción: "El asesinato de seis italianos en la esquina de la prisión de la parroquia". Grabado aparecido en un periódico de la época. 1891.

En el último ahorcamiento, esta vez en la rama de un árbol, el nudo se desató y el cuerpo cayó inerte al suelo: "Fue algo horrible y un gemido y un grito estallaron de los miles de personas que lo presenciaron -escribió un periodista-, pero tres negros y una docena de blancos izaron al asesino tan alto como lo permitía la horquilla de la rama. El cuerpo no se estremeció, ni se movió ni pateó". En el asalto a la prisión murieron Pietro Monasterio, Joseph P. Macheca, Antonio Marchesi, Antonio Scaffidi, Emmanuele Polizzi, Antonio Bagnetto, James Caruso, Rocco Geraci, Frank Romero, Loretto Comitz y Charles Traina. Una mala reputación precedía a algunos de ellos, que ya tenían varias condenas penales a sus espaldas y, desde luego, no eran ejemplos de rectitud en una ciudad donde la prevaricación era una constante.

La mala reputación de las víctimas no podía justificar la masacre. Arriesgando su propio pellejo, el cónsul Corte se dirigió inmediatamente al lugar: "Vi muchos cadáveres colgados de los árboles [...] Llegué al consulado y tres negros se abalanzaron sobre mí y, para mantenerlos a raya, tuve que encauzar mi revólver". Por orden del ministro italiano de Asuntos Exteriores y jefe del gobierno, el marqués de Rudini, el embajador Fava envió una protesta formal al secretario de Estado Blaine invocando "medidas enérgicas de protección para los súbditos reales; y finalmente pedí el castigo inmediato de los culpables, autores, cómplices e instigadores de la masacre". Aunque un tratado específico estipulado en 1871 entre el gobierno italiano y el gobierno federal de los Estados Unidos garantizaba la igualdad entre los ciudadanos americanos e italianos desde el punto de vista de la seguridad y la protección, los distintos estados americanos gozaban de autonomía legislativa. Si las autoridades italianas exigieron el castigo de los responsables y la indemnización de las familias de las víctimas, el gobierno federal fue inmediatamente incapaz de dar respuestas concretas. En resumen, las leyes americanas no permitían al gobierno intervenir en su propio estado y, al mismo tiempo, Italia no podía pedir a su interlocutor que tomara medidas contrarias a sus propias leyes. Las relaciones se deterioraron y, entre finales de marzo y el mes de abril, los dos países retiraron a sus respectivos embajadores.

La reunión masiva de ciudadanos de Nueva Orleans al pie de la estatua de Clay.

Los periódicos estadounidenses emprendieron campañas sensacionalistas coronadas con caricaturas antiitalianas y difundieron el rumor de que Italia estaba preparando represalias navales en la costa estadounidense. Di Rudinì y el rey Umberto fueron incluso representados afilando tacones de aguja, un arma típica de la mafia italiana según un estereotipo bastante popular en Estados Unidos, como preludio de una guerra contra el "Tío Sam". El 5 de mayo de 1891, el Gran Jurado de Nueva Orleans exoneró a los responsables del linchamiento alegando que no era posible juzgar a toda una ciudad que había actuado sin premeditación. Considerando que las víctimas pertenecían a la "secta de la mafia", los jueces elevaron su mirada lanzándose contra el gobierno italiano, que "preferiría no tener nada que ver con ellos en lugar de ocuparse de su custodia y castigo". La crisis diplomática duraría hasta el 9 de diciembre de 1891, cuando el presidente Benjamin Harrison, en su discurso anual al Congreso, calificó el linchamiento de Nueva Orleans como "una ofensa a la ley y un crimen contra la humanidad". El acto desencadenó procedimientos de indemnización por un total de 125.000 francos por familia. Sin embargo, el presidente se sintió obligado a señalar que aunque "la ofensa no fue infligida por los Estados Unidos, el presidente la considera un deber solemne".

Fotografía del asalto de los ciudadanos de Nueva Orleans a la cárcel local. 1891.

El problema de la revisión de la Constitución de los Estados Unidos fue planteado al año siguiente por el senador Dolph con un proyecto de ley que preveía una ampliación de los poderes del gobierno federal sobre la jurisdicción de los distintos estados en materia de protección de los extranjeros. La propuesta no se aprobó porque se consideró inconstitucional, pero, como escribió Fava, "Italia siempre estará orgullosa de haber sido la primera en llamar la atención de este Gobierno sobre una imperfección de la ley vigente aquí, en lo que respecta a las relaciones con las naciones extranjeras". La disculpa de la ciudad de Nueva Orleans llegaría 128 años después, en 2019, firmada por la alcaldesa demócrata LaToya Cantrell tras una campaña para reparar "una vieja herida" liderada por algunas asociaciones italoamericanas de Nueva Orleans.

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La esclavitud no era solo cosa de hombres, las amas también usaban la fusta.

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Un libelo de su cuñado era hasta hoy la principal acusación contra el pasado esclavista de uno de los empresarios más destacados de la historia de España, Antonio López. “¿Quiere saberse el comercio que el insigne D. Antonio López hacía? Traficaba en carne humana […] López se entendía con los capitanes negreros, y a la llegada de los buques, compraba todo el cargamento o parte de él”, escribió en 1884 Francisco Bru, hermano de Luisa Bru. La esposa del primer marqués de Comillas también se había mostrado partidaria de la trata de seres humanos. Era la primera de las 238 firmantes de un manifiesto que en 1873 pedía desde Barcelona al Consejo de Ministros que impidiera la abolición de la esclavitud en Puerto Rico. Su marido se enriqueció con este negocio durante su etapa en Cuba. Un libro aporta documentos que así lo atestiguan.

Martín Rodrigo es el autor de Un hombre y mil negocios. La controvertida historia de Antonio López, marqués de Comillas (Ariel). Rodrigo es profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Pompeu Fabra y experto en el pasado negrero de grandes fortunas catalanas. En 2017 coeditó otra obra de referencia, Negreros y esclavos. Barcelona y la esclavitud atlántica (Icaria). El peso de la alta burguesía catalana y de sus indianos en el comercio de esclavos procedentes de África fue enorme. El historiador Josep Maria Fradera calculó que el capital catalán estaba detrás del 74% de los africanos trasladados a Cuba entre 1817 y 1821, cuando España debía empezar a aplicar los acuerdos con el imperio británico para suprimir la trata de africanos, algo que incumplía de forma sistemática. En Negreros y esclavos se contabilizaban por lo menos 150 capitanes y empresarios radicados en Cataluña que participaron en este negocio. Uno de ellos fue el marqués de Comillas.

Ilustración de Antonio López, marqués de Comillas, en 'La Ilustración española y americana', de la Biblioteca Nacional.

Antonio López y López (Comillas, 1817 – Barcelona, 1883) abandonó España para hacer las Américas cuando en 1846 fue llamado a filas en la segunda guerra carlista. En Cuba abrió un almacén en un inmueble del que sería su suegro, el empresario Andrés Bru. En 1853 regresó a España y estableció su residencia en Barcelona, donde vivía la familia de su esposa. López mantuvo los lazos con Cantabria, pero su conglomerado naviero, financiero e industrial tuvo como sede la capital catalana. Un hombre y mil negocios es un análisis exhaustivo de la acción de López como empresario y de las alianzas que selló con otros destacados indianos, algunos de ellos, reconocidos esclavistas.

Rodrigo aporta a EL PAÍS unas cifras estremecedoras: “En toda su historia, Estados Unidos recibió 380.000 esclavos procedentes de África. Cuba recibió 900.000 esclavos. Y de estos, 600.000 fueron transportados a Cuba de forma ilegal a partir de 1821”. El último esclavo africano que fue desembarcado en Cuba –y en toda América– lo hizo en 1867. España, recuerda Rodrigo, fue el último país europeo en abolir la esclavitud —en 1886—, y lo hizo tan tarde en parte por la movilización de grupos de presión industriales y comerciales, el más activo, el sector catalán, capitaneado por Antonio López.

Anuncio de compra de esclavos de los hermanos López publicado en 1851 en 'El Redactor' de Santiago de Cuba.

A Rodrigo le incomodaron los argumentos de los defensores del marqués de Comillas durante la polémica en torno a la retirada de su estatua en Barcelona, en 2018. Por eso ha querido actualizar su anterior trabajo sobre la dinastía de los López, publicado en 2000, para ampliar aspectos sobre el comercio con esclavos que dejó a un lado. Los defensores del homenaje público al primer marqués de Comillas –Grande de España por gracia de Alfonso XII– argüían que la única voz que había denunciado la presunta trayectoria como negrero de López era su cuñado, enemistado con él por un conflicto hereditario. Otra tesis esgrimida por los partidarios de mantener la estatua es que en aquella época era común la transacción de esclavos. El libro de Rodrigo no solo demuestra que Antonio López y su hermano Claudio dirigieron una de las mayores compañías dedicadas al negocio legal de compraventa de esclavos ya afincados en Cuba, sino que con toda probabilidad se enriquecieron con el tráfico ilegal.

Las autoridades británicas alertaron en 1850 de la llegada a Cuba de la goleta Deseada, cargada con 280 africanos. La información del cónsul británico en Santiago de Cuba, James Forbes, señalaba a Antonio López como uno de los destinatarios de los esclavos. Al ser un delito, el gobernador militar de Santiago tuvo que interrogarlo. Su declaración fue incluida en el parte de Forbes a Londres. López aseguró que él no tenía nada que ver con aquel cargamento, y que su empresa solo se dedicaba al comercio de esclavos criollos, es decir, los ya oriundos de Cuba. Otro indicio del comercio ilegal de personas lo encuentra Rodrigo en las cuentas de 1853 de la sociedad Antonio López y Hermano, en la que se registran unas pérdidas por “expediciones” que no llegaron a buen puerto con el naviero gallego Eusebio da Guarda. Barcos de este ya habían sido identificados como medio de transporte de esclavos. El apunte contable no precisa de qué mercancía se trataba la “expedición”, pero Rodrigo da por hecho que eran personas. “Al tratarse de una actividad ilegal, o bien no dejaban documentos escritos o bien se destruían. Incluso se quemaban barcos”, apunta el autor.

Retirada de la estatua de Antonio López en Barcelona, en 2018.

La diplomacia británica denunciaba de forma reiterada que las autoridades coloniales españolas permitían el desembarco de esclavos. Empresas operadoras de vapores, como la de López, recogían a los nuevos trabajadores forzados que los capitanes dejaban en cayos aislados para trasladarlos a puertos. Los apuntes contables y notariales que compiló Rodrigo en el Archivo Nacional de Cuba y en el Archivo Histórico Provincial de Santiago de Cuba indican una compraventa frenética de esclavos por parte de los López. Tan solo entre los años 1848 y 1851 constan en el libro más de 500 esclavos adquiridos por ellos. Rodrigo subraya que el sistema habitual para legalizar a los llamados esclavos bozales –los introducidos ilegalmente desde África– era tan sencillo como registrar previamente la venta de una partida inexistente de esclavos criollos, que los funcionarios coloniales no se encargaban de verificar. “Solo así se puede entender que la firma Antonio López y Hermano pudiera vender 47 esclavos de una tacada”, explica Rodrigo, “todos de la supuesta propiedad de Juan de Mena Garibaldo, según los poderes que este le otorgó el 15 de mayo de 1850”.

A medida que acumulaban capital en Cuba, los López incrementaban su actividad especulativa con la compraventa de ingenios y sus plantaciones de azúcar. Martín Rodrigo cuenta en el libro que lo que daba valor a estas propiedades era sobre todo el número de esclavos registrados con ellas. Pone como ejemplo el caso de la familia Goytisolo –antepasados de los hermanos y escritores José Agustín, Juan y Luis–, que compraron una plantación solo para tener la mano de obra que iba incluida en la operación. Los terrenos dejaron de ser cultivados y los esclavos fueron trasladados a otras plantaciones. El patrimonio de estos linajes fue reinvertido posteriormente en España. En el caso de Antonio López, apunta Rodrigo, el emporio que levantó en la metrópolis no se basó únicamente en los beneficios que obtuvo en sus inicios como negrero, pero sin estos, no habría llegado tan lejos.

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Cómo la toma de poder en el sur borró las reformas después de la reconstrucción. Las constituciones estatales se reescribieron para suprimir los votos de los afroamericanos recién emancipados.

Retrato del primer senador negro, Hiram Rhodes Revels (extremo izquierdo) y representantes negros del Congreso durante la Era de la Reconstrucción, alrededor de 1870-1875.

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La noche de las elecciones de 1920, los Bell, una familia negra de Ocoee, Florida, se enteraron de que el Ku Klux Klan planeaba incitar a la violencia en la ciudad. Rápidamente decidieron seguir adelante con un plan desesperado: los niños navegarían solos por los bosques espesos y pantanosos alrededor de Ocoee y se encontrarían con sus padres en una iglesia en un pueblo vecino. Con disparos y llamas en la distancia, Allen Bell, de 18 años, guió a sus seis hermanos menores a través de la maleza húmeda mientras rezaba para que el grupo no encontrara serpientes, caimanes o el KKK. Antes de que la familia se marchara, el padre de Bell le ordenó que se mantuviera fuera de la vista de cualquier hombre blanco. “Si te ven, te matarán”, advirtió. Al día siguiente, su casa y todas sus posesiones se habían incendiado. Bell, sus hermanos y sus padres llegaron a un lugar seguro, pero no todos los miembros de su familia sobrevivieron. En la noche de las elecciones de 2020, Gladys Franks Bell, la hija de 81 años de Allen Bell, se ofreció como voluntaria en un lugar de votación, al igual que lo ha hecho durante la última década, para continuar con el legado. Como diputada electoral, saludó y guió a todos los votantes que atravesaron las puertas del lugar de votación en Plymouth, a unas 10 millas al norte de Ocoee, en el área de Orlando.

El 2 de noviembre de 1920, Mose Norman, el exitoso propietario negro de un huerto de naranjos de 100 acres y una de las primeras personas en la ciudad en tener un automóvil, fue a votar en Ocoee. Una vez en las urnas, sin embargo, le dijeron que no había pagado su impuesto de capitación, un impuesto que a menudo se cita para evitar que los estadounidenses negros voten.

La tumba de Julius "July" Perry se encuentra en el cementerio de Greenwood en Orlando, Florida. Perry fue asesinado hace 100 años en la cercana ciudad de Ocoee durante uno de los incidentes de supresión de votantes más violentos del país.

Norman consultó a un juez de Orlando y luego volvió a votar. El enfrentamiento resultante incitó a una turba blanca. Norman huyó a la casa de su amigo Julius "July" Perry y luego se fue de la ciudad. Sam Salisbury, miembro de Klu Klux Klan y exjefe de policía de Orlando, llevó a la mafia a la casa de Perry, donde ocurrió un tiroteo. Dos hombres blancos murieron y Perry y su hija de 19 años resultaron heridos. Perry fue arrestado pero la turba lo sacó de la cárcel para lincharlo. Luego procedieron a destruir la comunidad negra de la ciudad. Aunque se desconoce el número de muertos, algunos estiman que hasta 60 personas murieron en la masacre. También se quemaron veintidós casas, dos iglesias y una logia. Después de las elecciones, el número de afroamericanos en Ocoee se desplomó de 255 a dos, según los registros del censo. Se la conoció como una "ciudad de la puesta del sol", un lugar en el que los negros habrían sido vulnerables y estarían en peligro después del anochecer.

Un monumento de mármol se encuentra en el sitio de un antiguo cementerio afroamericano en Ocoee, Florida. Después de la masacre de Ocoee, todos menos dos de los 255 residentes de Black Ocoee huyeron, según los registros del censo.

La masacre de Ocoee fue parte del Verano Rojo, un período de terror racial de 1917 a 1923, cuando las turbas blancas arrasaron las prósperas comunidades negras en todo el país. En 1923, más de 10.000 hombres blancos quemaron Rosewood, otra ciudad de Florida, hasta los cimientos. En un esfuerzo por hacer reparaciones, 71 años después, Florida aprobó una ley que proporciona matrícula estatal gratuita a los descendientes de Rosewood, junto con $ 1.5 millones para dividir entre los 11 sobrevivientes restantes.

La ciudad de Ocoee reconoció oficialmente la masacre en 2018 y empezó a trabajar en una disculpa formal para los descendientes. Este año se aprobó una legislación que requiere que la masacre se enseñe en las escuelas de Florida, y se llevaron a cabo eventos conmemorativos por el centenario. Sin embargo, a pesar de la creciente conciencia del pasado violento de Ocoee, los descendientes dicen que los votantes negros aún enfrentan desafíos en las urnas. “Llevamos 100 años en esto y todavía estamos lidiando con la intimidación de votantes, la supresión de votantes y problemas de raza y violencia”, dice Narisse Spicer, bisnieta de John y Lucy Huckey, quienes sobrevivieron a la masacre con sus dos hijos escondiendose en el bosque. "Definitivamente es hora, y está muy retrasado, de comenzar a pensar en cómo podemos cambiar el futuro para que las generaciones futuras no experimenten lo mismo".

Cien años después de que su tío abuelo fuera linchado durante la masacre de Ocoee, Gladys Franks Bell se ofreció como voluntaria como trabajadora electoral el día de las elecciones en la Iglesia Comunitaria Dayspring a unas 10 millas al norte de Ocoee. “Si estuviera allí cuando mi tío y ellos ...

J. Carl Devine, bisnieto de los sobrevivientes John y Roxy Williams, vió tendencias similares en las elecciones de este año. “Veo estas elecciones como ellos vieron las suyas”, dijo Devine. “Después de 100 años, algunas cosas no han cambiado ... Cuando un grupo está tratando de impedir que otro grupo vote, toda la constitución está en peligro. Cuando se niega a una persona, se nos niega a todos ".

Una valla bordea la antigua tierra de July Perry, donde él y su familia tuvieron un tiroteo con miembros del Klu Klux Klan. Perry y su hija de 19 años resultaron heridos y dos miembros de la mafia blanca murieron.

George Oliver, el primer comisionado negro de la ciudad, sueña con convertir un lote de un acre que se cree que es un antiguo cementerio afroamericano en Ocoee en un parque donde la comunidad pueda honrar a las víctimas de la masacre. “Hice un juramento en esta ciudad para defender a las personas que no podían luchar y ser una voz para las personas que no tienen voz, y eso es [para aquellos] vivo y muerto ”, dice. Cuando Bell llegó a casa a las 8:30 pm, después de 14 horas en el lugar de votación, le dolía la espalda. Una ducha ayudó, pero también lo hizo saber que había apoyado la causa por la que había muerto su tío abuelo.

Ella espera que a medida que más personas se enteren de la masacre de Ocoee, más personas se sientan inspiradas para votar. Durante años, nadie habló sobre el pasado violento de la ciudad, pero ahora, dice, otras familias están comenzando a contar sus historias. Terminó escribiendo un libro sobre su padre para responder a las interminables preguntas de su familia sobre lo que sucedió esa noche de elecciones hace 100 años. El hijo de Bell regresó a Ocoee hace más de cinco años y ayer votó en la ciudad. “Él conoce la historia”, dice ella. "Continuamos con la historia ... y le dije que votar allí en Ocoee lo hizo más significativo".

La activista de Black Lives Matter Sasha Johnson, grave tras recibir un disparo en Londres. La policía apunta a que la agresión pudo ser casual, pese a que había recibido amenazas de muerte, según su partido político.

La activista del movimiento Black Lives Matter Sasha Johnson, en una protesta en Trafalgar Square, en Londres, el 13 de junio de 2020.

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